ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

sábado, 18 de julio de 2015

EL ESPIRITU SANTO X

EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA

La Iglesia, reunida en la fe por la fuerza del Espíritu Santo, al celebrar la palabra de Cristo en la acción sacramental reconoce y proclama que la gracia causada por los sacramentos es siempre un don divino que, como tal don, es concedido siempre por el Espíritu Santo.

Por ello, la Iglesia, desde su estructura orgánica, invoca al Espíritu Santo para que el signo sacramental otorgue al hombre la eficacia que tiene asignada desde el momento mismo de su institución.

La invocación al Espíritu, reconoce que aquello que se realiza en todo momento, es una acción que desde su naturaleza sobrenatural requiere la fundamentación cristológica y la presencia activa del Espíritu Santo.



La presencia del Espíritu Santo en toda acción sacramental no puede faltar nunca  si se tiene en cuenta que el orden salvífico de la redención, implica tanto la misión del Verbo como la del Espíritu Santo. Porque si Jesucristo, como Verbo encarnado obró objetivamente la redención en la cruz,  tan  sólo a través del Espíritu Santo alcanza en cada hombre el efecto pleno, cuando llega a ser redención personal. Y si se tiene en cuenta que los sacramentos son los medios a través de los cuales se le aplica al hombre la gracia merecida por Jesucristo, en su administración tiene que estar operativamente presente el Espíritu para que cada persona se disponga a recibir el don divino que le salva. Si la salvación es siempre obra de Cristo y del Espíritu Santo, los sacramentos han de serlo también, por ser los medios a través de los cuales llega hasta el hombre el don salvífico de la Pascua.(1)

Puesto que la Eucaristía es una venida misteriosa del Señor en medio de los suyos, es evidente que ella no puede ser celebrada al margen del poder del Espíritu de Dios; por ello, la relación Eucaristía-Espíritu, no puede ser algo secundario con respecto al efecto del sacramento en el corazón de los fieles. En su realidad más profunda, la Eucaristía es un acto del Señor Jesús y, por tanto, se sitúa necesariamente y de forma esencial entre los actos del Espíritu.

Todo lo que ella nos ofrece en su densidad salvífica: presencia activa del Señor, Cuerpo y Sangre entregados, ágape y comunión, entrada en los bienes del Reino; todo ello procede tanto del Señor como de su Espíritu. Una teología atenta a todas las dimensiones del acontecimiento eucarístico, no puede olvidar que la Eucaristía es un acto del Espíritu. (2)



La tradición cristiana es consciente del vínculo existente entre la Eucaristía y el Espíritu Santo. Así lo ha manifestado y lo manifiesta también hoy en las plegarias eucarísticas tercera y segunda de la Santa Misa. En ellas el sacerdote suplica que se realice el misterio de su Hijo y que sea generado y transformado el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. De este modo, el Espíritu Santo, invisiblemente presente por el beneplácito del Padre y la voluntad del Hijo, muestra la energía divina y, mediante las manos del sacerdote, consagra y convierte los santos dones presentados en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.(3)

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Comunión en la Eucaristía  da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. Dice el Señor: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él “ (Jn 6, 56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí “ (Jn 6, 57).La carne de Jesús es realmente alimento y su sangre realmente bebida. Comerlos produce en forma duradera las más íntima unión de los fieles con Jesucristo, sobre la cual se funda para ellos la posesión de la vida eterna. Como Jesús, enviado de Dios, vive por el Padre, es decir, tiene su vida del Padre, que es la fuente de toda vida, así de Cristo recibirá la vida todo el que se alimente de El.(4).

En el Bautismo el Espíritu Santo incorpora a los fieles a Cristo y los hace Iglesia. Tal incorporación, con la Eucaristia, crece, se nutre, se hace cada vez más madura, interiorizada y personal; por lo cual no estamos solo unidos a Cristo cabeza, sino también a sus miembros. Se trata de una realidad profunda y rica para la vida cristiana: no se puede comulgar con Cristo cabeza si en la vida se pone al margen a su Cuerpo que es la Iglesia.



En realidad se comulga con Cristo cabeza en la medida en que se está también en comunión con los hermanos, de la misma manera que no se puede comulgar con los hermanos si no se está en comunión con Cristo Cabeza.

La Eucaristía es el sacramento que crea esta comunión bidimensional que, al final, se reduce a una única realidad, el Cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia: he aquí por qué se acostumbra a decir que la Eucaristía ”hace a la Iglesia”(5).



(1) Ramón Arnáu: Tratado General de los Sacramentos. Ed. B.A.C. Madrid,1998, págs. 210-211.
(2) Comisión Episcopal del Clero: Presencia y acción del Espíritu en la Eucaristía. Bautizados en el Espíritu. Madrid, 1997, págs. -143.
(3) Juan Pablo II: El vínculo entre el Espíritu Santo y la Eucaristía.Creo en el Espíritu Santo, o.c. págs.87 s.s.
(4) Alfred Wikenhauser: Com.Ev. San Juan. Ed.Herder Barcelona,1967, pág.199.

(5) Comité Jubileo 2000: El Espíritu Santo incorpora al Cristo total .El Espíritu del Señor, o.c. pág.130.

Por Francisco Pellicer Valero
Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella

No hay comentarios:

Publicar un comentario