ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

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domingo, 26 de abril de 2015

EL ESPIRITU SANTO I

LOS SÍMBOLOS DEL ESPÍRITU SANTO




INTRODUCCIÓN.- Los símbolos del Espíritu Santo en su conjunto hablan de Él como  de quien da la vida y la sostiene permanentemente con su presencia vivificante. Forman en su totalidad una catequesis simbólica que permite realizar un proceso de acercamiento de nuestra Fe en la tercera persona de la Santísima Trinidad y conocer algo del infinito amor que Dios tiene a toda la humanidad y que se manifiesta en su Espíritu . Globalmente, los símbolos bíblicos identifican el Espíritu con realidades naturales y humanas que configuran la existencia entera.(1)

Indiquemos algo de los que nos parecen importantes:

EL VIENTO.- Esta palabra es uno de los significados del vocablo hebreo “rúah”  (“pneuma” en griego) y se ha utilizado para representar al Espíritu Santo por sus semejanzas: es invisible, poderoso, es impulso, movimiento, fuerza. Además es imprevisible, sopla donde quiere y no se sabe de dónde viene ni a dónde va (ver Jn 3, 8). El símbolo “viento” también parece expresar de un modo particular aquel dinamismo sobrenatural por medio del cual Dios mismo se acerca a los hombres para transformarlos interiormente, para santificarlos. También el término “rúah” es traducido por “aliento” y “soplo”. Es el “aliento” divino el que saca del caos el orden de la creación (Gen 1,2) y es el “soplo” en su nariz quien convierte al hombre de barro en un ser vivo (Gen 2,7).(2)

EL AGUA.- Las profecías del Antiguo Testamento utilizan el agua para referirse a la nueva era que había de instaurar el Mesías. En general, el agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres (Is 41,18; Zac 14,8). También el agua es símbolo de purificación (Ez 36, 25). La sed de agua se presenta asimismo como semejante a la sed de Dios (Sal 42,2-3). En Isaías el agua es símbolo del Espíritu de Dios, capaz de transformar el desierto en vergel floreciente y al pueblo infiel en verdadero Israel (Is 44, 3s.). En el diálogo de Jesús con la Samaritana, sin nombrar al Espíritu Santo, el Maestro le habla de beber “un agua viva” que Él le dará y se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar la vida eterna (Jn 4, 13-14). También la Iglesia se vale del Bautismo para hacer nacer a la vida sobrenatural y conseguir la salvación (Mc 16,1).(3)




LA UNCIÓN.- En Israel se atestigua la relación entre la unción de los reyes y el Espíritu Santo concebida como fuerza sobrehumana, celeste.
Cuando Samuel unge a Saúl le anuncia que vendrá sobre él, el Espíritu de Dios y se convertirá en otro hombre (1 de Sam 10, 1) y al ungir a David “el Espíritu del Señor le invadió” (Sam 16 , 13).
En su intervención en la sinagoga de Nazaret, Jesús se aplica a sí mismo el siguiente texto de Isaías: “El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí; por cuanto me ha ungido Yahvé” (Is 61,1-2;Lc 4,18). Este texto se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a la que eligió y envió. Jesús nos dice que este elegido de Dios es Él mismo, el Mesías; y la plenitud de la fuerza conferida a Él es su propiedad de Mesías, es decir, Ungido del Señor: Cristo. La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que le acogen en la fe y en el amor. Esta participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la liturgia de la Iglesia, especialmente en el bautismo y la confirmación.(4)

EL FUEGO.- El fuego aparece en las teofanías del Antiguo Testamento y simboliza la presencia de Dios: Moisés vio una zarza que ardía sin consumirse (Ex 3, 1-2); en el desierto una columna de fuego guiaba al pueblo de Israel de noche (Ex 13, 22); el Señor bajó del Sinaí en medio del fuego (Ex 19, 18).

Por otra parte la Sagrada Escritura afirma que Dios es como “un fuego devorador“ (Ex 24,17; Dt 4,24). El fuego simboliza también la energía transformadora de las obras del Espíritu. El mismo Jesús dijo de sí mismo: “he venido a traer el fuego a la tierra y cómo deseo que arda“ (Lc 12, 49). En este caso se trata del fuego del amor de Dios, de aquel amor que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo“ (Rom 5,5).
El Bautismo “en Espíritu y fuego” (Mt 3,11) indica el poder purificador del Fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.
Las “lenguas como de fuego“ (Hch 2, 3) que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los Apóstoles, significaban que el Espíritu Santo traía el don de la participación en el amor salvífico de Dios (5)

LA NUBE.- La protección de Dios sobre su pueblo en la epopeya del desierto está simbolizada en la nube oscura de día y luminosa por la noche (Ex 13, 21-22).  La  presencia  de  las  nubes  es  constante  en   los pactos con Noé (Gen 14, 16), con Abraham  (Gen 15, 17) y con Moisés  (Ex 19, 16-19). Asimismo, en la consagración del primer Templo (1 Re 8, 10-11), como  manifestación de la gloria de Dios, que interviene precisamente como Señor del cosmos y de la historia.
En los relatos aludidos destaca un doble motivo: la nube patentiza la proximidad de Dios por una parte y, por otra, su misma naturaleza de velo, evidencia la trascendencia divina inaccesible al hombre si es que Dios no se le acerca.
Jesús mismo ha hecho alusiones a la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo, aludiendo a la profecía de Daniel (Mt 24, 30;  Dan 7,13).
En la Transfiguración aparece sobre


los discípulos videntes una nube que los cubre con su sombra (Lc 9,34).
La nube encierra la existencia terrena de Jesús cuando entra con la Ascensión en la gloria de Dios (Hch 1, 9).(6)
Finalmente, el vidente del Apocalipsis contempla una figura humana “sentada sobre una nube blanca “ (Ap 14, 14). El P. Schökel se pregunta si esa figura humana se referirá a Jesucristo.( Biblia del peregrino pág 2112 )



LA PALOMA.- Este símbolo, dice el Papa, es más apto que el del viento para indicar la Persona del Espíritu Santo, porque la paloma es un ser vivo, mientras que el viento es sólo un fenómeno natural.
La paloma, muy extendida en Palestina, es el ave más mencionada en la Biblia  (León-Dufour. "Dicc. N. T." Pág. 338). En el Antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé, habiendo llevado a aquel patriarca el anuncio del término del diluvio (Gen 8, 9-12). En la legislación bíblica, la paloma y la tórtola eran las únicas aves permitidas en los sacrificios. En el Cantar de los Cantares “mi paloma“ equivale a “mi amada“, “mi predilecta” (Díez Macho, o.c. col. 829).
Jesús recomienda a los apóstoles la sencillez de la paloma (Mt 10, 16), que ya el profeta Oseas la había calificado de ingenua y sin malicia (Os 7,11).
Los evangelistas dicen que se abrieron los cielos en el Bautismo de Jesús y se vio al “Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él” (Mt 3, 16; Mc 1, 10; Lc 3, 21-22; Jn 1, 32). Por la importancia de este momento en la vida de Jesús, que recibe de modo visible “la investidura mesiánica“, el símbolo de la paloma se consolidó en las imágenes artísticas y en la misma representación imaginativa del misterio del Espíritu Santo, de su acción y de su Persona.(7)




(1) Juan Antonio Reig: El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida. Obispado de Segorbe-Castellón. 1997, pág 1
(2) Ives Congar: El soplo de Dios en nuestras vidas personales. El Espíritu Santo. Ed.Herder. Barcelona, 1991 pág 32 s.s.
Alonso Schökel: El Espíritu como viento. Al Aire del Espiritu. Ed.Sal Terrae.Santander,1998.-págs 102-104
(3) Rovira Belloso: Tratado de Dios Uno y Trino. Ed. Secretariado Trinitario. Salamanca, 1993, pág 103
O. Bocher: Diccionario Teológico del N.T. Ed. Sigueme. Salamanca, 1980 vol. I, págs 67-73
(4) León-Dufour: Vocabulario Teología Bíblica.Ed. Herder. Barcelona, 1967, págs 809-812
Juan Pablo II: Creo en el Espíritu Santo. Ed. Palabra. Madrid, 1996, págs 277-278
(5) C.E.C.,  o.c. pág 167; Juan Pablo II, o.c. págs 275-276
(6) Claudio Gancho: Enciclopedia de la Biblia. Ed. Garriga. Barcelona, 1963, Vol.V, col. 550-552
León-Dufour: Vocabulario, o.c. págs 524-526
(7) Juan Pablo II, o.c. pág 275; Rovira Belloso, o.c. págs 502-503


Por Francisco Pellicer Valero

Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella


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