ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

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sábado, 30 de abril de 2011

Resumen de la conferencia impartida por Mª del Carmen Feliu Aguilella, en la reunión de formación de 30 de Abril.

"PAN DE VIDA, EL "INVENTO" DE SAN JUAN"






            El capítulo VI de Juan se sitúa cerca de un monte (lugar de oración y de enseñanza para Jesús) y en un tiempo cercano a la Pascua, lo que encierra la clave de todo el capítulo, puesto que Jesús es revelado por Juan como alimento de la nueva Pascua, inaugurador de la Nueva Alianza, guía del Éxodo que ini­cia la liberación y la marcha a la Tierra Prometida.

            En una relectura cristiana, este capítulo, recuerda claramente, con la referencia a la Pascua, a la Eucaristía que Juan trae aquí en lugar de situar su institución en la Ultima Cena como lo hacen los sinópticos.


            I. La multiplicación de los panes.

            En los primeros versículos de este capítulo, Jesús es presentado como un nuevo Moisés. Se inicia con el paso del mar y la proximidad del monte, alusiones claras al Éxodo, a donde es seguido por una gran multitud. No parece im­portar cómo Jesús y sus discípulos atraviesan el mar pero sí podemos deducir que viniendo de Judea, donde ya comienzan a planear su muerte, Jesús escapa de la tierra de opresión, continuando así el autor con el paralelismo, del mismo modo que los seguidores de Jesús son generalmente los débiles, los oprimidos, aquellos que a la vista de las "señales" que Jesús realiza esperan que serán por El liberados. J. Mateos, en este punto, matiza que las señales realizadas no son las propias de la taumaturgia de Moisés frente a los poderosos, señales de temor, sino de amor, y así mismo el seguimiento de Jesús no responde a un caudillaje por parte de Este; quien sigue a Jesús hace una opción, decide dar el paso, aceptar su mensaje de amor y vida.

            Jesús es anunciado por Moisés como "un profeta como yo", y así, sus señales recuerdan a Moisés, pero, para este pueblo que le sigue, fiel a la ley mosaica, Jesús es un eslabón más con el pasado. No es así como Jesús quiere ser visto, la era mesiánica ha de ser una ruptura con el pasado y la inauguración de un tiempo nuevo. La liberación viene de la mano de Jesús en base a la fe en El y en que El es el Camino para ir a la Verdad, El es la Luz que guía hacia la Vida. Así Juan utiliza la comparación para resaltar la superioridad de la nueva Pascua y del Mesías enviado por Dios.

            Como si de una prueba se tratara, Jesús pone a Felipe ante la necesidad del pueblo, necesidad que El ya conoce. Como siempre, Él toma la iniciativa ante el hambre, ante la comunidad. Su amor es infinitamente mayor que la sensación de impotencia de los discípulos, y le mueve a dar. Pero el episodio de la multiplicación de los panes, con el acto de dar alimento, será en la nueva Pascua, el símbolo de la entrega de un alimento no perecedero, el propio Jesús. La acentuada debilidad del hombre se verá calmada por la abundancia del alimen­to que Jesús da: El don del pan, el don de la vida, viene del Padre y así Jesús le dirige una acción de gracias como figura del mediador que comunica al hombre con el Dios lejano y transcendente. Jesús se compadece del hombre y toma como misión repartir, entregarle los dones de Dios. Dones que se encuentran en toda la creación y que culminarán con la entrega de la propia vida.

            Como ya decíamos, este episodio es tomado como una señal, pero el pueblo sólo advierte que su hambre ha sido saciada. Si podía hacer esto como Moisés cuando el Éxodo, también podría liberarlos de la presencia del opresor romano; así deciden hacerle rey, darle el poder, y ellos sólo cambian con esto de dueño. Pero no es esa la opción que Jesús les pide: El espera su generosidad, su amor, que continúen su obra desde su propia libertad.

            Ante esto, Jesús se retira al monte, al lugar tradicional de encuentro con el Padre que Juan ve como lugar de la manifestación de su gloria y de su amor.

            La huída de Jesús entristece a sus discípulos. El éxodo es un fracaso y ellos abandonan. Aquí Juan introduce de nuevo su dualismo: Luz—tinieblas. Los discípulos, que no han comprendido el signo realizado por Jesús, se alejan de El, de la Luz, y se dirigen al otro lado del mar: "Los había cogido la tiniebla".

            La cercanía de Jesús es la órbita de su amor, y por tanto la luz. Pe­ro los desencantados discípulos se encuentran ahora en medio de la noche, y en medio de un lago en mal estado por causa del viento. Su incomprensión del men­saje mesiánico del servicio a los demás, les tiene sumidos en la confusión, en la tiniebla.

            Ellos han desertado, pero Jesús no va a dejarlos en medio de su tiniebla. Y se les acerca caminando sobre el agua, a tranquilizarles, a no permitir que se pierdan, a evitar que ahora como cuando El muera, caigan en la tentación de pensar que todo ha terminado.

            Su voz segura, suave y amigable les devuelve la paz al corazón y ellos que intentan subirle a la barca, recuperando su fe y su confianza, se encuentran de repente en el lugar de destino y de nuevo en la calma. Cuando su corazón recupera la capacidad de aceptar a Jesús, cuando el amor y la fe vencen a la tentación, el éxodo termina con la llegada a la meta prometida.


            II. Discurso del Pan de Vida»

            En los versículos de transición entre la señal realizada por Jesús y el discurso del pan de Vida leemos: "... donde habían comido el pan cuando el Señor pronunció la acción de gracias" en el versículo 23. Se percibe claramen­te la alusión eucarística, sentido que una lectura cristiana daría a esta esce­na por su paralelismo con su relato de la institución tanto en Pablo como en los sinópticos.

            A ese mismo lugar donde Jesús les da el pan, es donde las gentes  acuden a buscarle y no hallándole a El ni a los discípulos, deciden marchar a Cafarnaum, lugar al que Jesús se ha dirigido y que es tan querido por El que a su sinagoga se la llamará posteriormente la sinagoga de Jesús.

            Al producirse el encuentro con Jesús Este les increpa diciendo que han ido a El por la facilidad con que se han alimentado, no porque la señal les haga sentirse obligados a cambiar de vida y tomar conciencia de que es el servicio a la comunidad lo que ha de moverles para encontrar la salida a su esclavi­tud.

            En el Éxodo y con el liderazgo de Moisés, este mismo pueblo ya ha descargado en él sus responsabilidades; han recibido sin necesidad de esfuerzo, el alimento que les llenará, pero no ha habido variación en su corazón.

            En el tiempo de Jesús, el pueblo sigue oprimido, ahora bajo la Ley de Moisés y sus prescripciones por un lado, y la opresión extranjera por otro.

            Seguir la ley al pie de la letra tampoco les exigía esfuerzo grande y al fin y a la postre estaban acostumbrados a ser esclavos. Por tanto, cuando Jesús después de otorgarles la libertad, les muestra su pobreza, les está pidien­do que realicen Su obra acerca de la comunidad. Pero las gentes prefieren darle el poder y renunciar a su libertad, con tal de no realizar el trabajo que Jesús les exige para ganar el alimento que no perece como el recién recibido. Les quiere significar que no basta con encontrar el sustento material. Es necesario aspirar a la perfección, a la plenitud humana, pero no se conseguirá sin el es­fuerzo personal y comunitario de aceptar el compromiso, de aceptar a Jesús con fe y realizar Su misma obra con amor y generosidad.

            Deben comprender que el pan recibido ayer no es para llenar sus estómagos, es pan de amor, es pan de Vida que se entrega con la finalidad de cambiar la condición del hombre, llevando a término la obra de la creación con la plenitud del hombre. El pan verdadero es el Espíritu, pero la actitud pasiva del hombre no le lleva a la plenitud sino que ha de trabajar "... por el alimento que dura, dando vida, el que os va a dar este Hombre; pues a Este el Padre Dios lo ha marcado con su sello" vers 27. Y este sello es el Espíritu que completa al hombre, Ahora ellos le preguntan cómo han de trabajar; hasta el momento han se­guido los mandamientos y la observancia de la Ley. Pero no conocen el trabajo que Dios quiere que realicen. Jesús responde que es la adhesión a El como envia­do, el requerimiento de Dios; adhesión a su persona y a su vida.

            Ellos le ven como profeta y los profetas no exigieron esta adhesión personal sino al mensaje que transmitían, por esto la exigen una señal "... pa­ra que viéndola, te creamos" vers. 30.

            Le proponen la señal propia de Moisés: "Nuestros padres comieron el maná en el desierto; así está escrito: Les dio el pan del cielo". Siguen, pues, apegados a su pasado. ¿Hará Jesús un prodigio similar?. Jesús les responde que El es el Padre, el Dios cercano, el que les otorga el nuevo maná bajado del cielo que no es otro que el mismo Jesús, El es el pan del amor, el don de vida, que satisface para siempre porque es el amor de Dios.
Juan introduce su fórmula típica: "Yo soy el pan de Vida", para significar que es su propia esencia. El es el pan por antonomasia. Comer de El y aceptarle no traerá más hambre, les comunica la vida. Es el alimento que, a diferen­cia de la Ley, no les dejará insatisfacción. La Ley, representada por el maná, es alimento perecedero, y queda derogada al llegar el alimento verdadero: Jesús. Por esto les exige su adhesión, porque ésta supone la ruptura con el pasado y la Ley, este es el trabajo que se espera del hombre.

            Las gentes se encuentran reacias a admitir que Jesús sea de origen divino al decir de Sí mismo que es el pan bajado del cielo. Para ellos esto es un escándalo. Pero Jesús prosigue su enseñanza asegurando que Dios habla al hombre, envía su palabra, y esta palabra es el propio Jesús, así escuchar a Jesús es la forma de conocer al Padre. Para Juan, de hecho, tener fe en Jesús, admitirle y conocerle son sinónimos. Al fin esta es la vía para tener la experiencia del Pa­dre: su propio Hijo.

            La vida, asegura Jesús, depende de la fe. E inmediatamente repite: "Yo soy el pan de la vida" y vuelve a la comparación con el maná del éxodo: los que comieron de el no solo murieron sino que no pudieron alcanzar la promesa.

            Sin embargo, todo el que por la fe se une a Jesús vendrá a recibir el don que de Sí mismo hace, la comunicación de vida, y alcanzará la meta o Tierra pro­metida.

            Tras hablarnos de la enseñanza que conduce al conocimiento de Dios por medio de Jesús, pasa el evangelista a un tema netamente eucarístico. Desde la segunda parte del versículo 31 se identifica el pan no ya, como antes, con la palabra, sino con la carne. Dentro del paralelismo con el Éxodo, ahora el pan pasa de igualarse al maná (simbolizando la Ley), a semejarse al cordero pascual comida de Alianza. Jesús se da a Sí mismo, su "carne" para comunicar el don de amor y la presencia del Padre entre los hombres.

            Las gentes se escandalizan sin comprender que es esta entrega de Sí mismo, en su realidad humana, la que acerca al Dios hasta ahora alejado, que se acerca por iniciativa suya.

            El tema eucarístico llega a su punto álgido tras asegurar Jesús en el versículo 33 "... si no coméis la carne de este Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros". Para aumentar el escándalo se introduce un elemento nuevo: la sangre. Ahora ya no estamos ante la metáfora del pan. Ahora entregar  carne y sangre nos habla de violencia y de muerte. El nuevo Éxodo, a semejanza del primero, ha de comenzar con la carne del cordero compartida por la comunidad que sale de la esclavitud. La sangre derramada para librar de la muerte, es la sangre que comunica la vida definitiva. La entrega por la vida es una entrega total de Jesús al hombre.

            La Eucaristía, es así comunión de vida con Jesús, vida que proviene de su muerte y que la propia institución recuerda.

            La vida, el Espíritu, proceden del Padre, y Jesús los transmite al hombre para procurarle de esta manera una vinculación al Padre de la que es media­dor. La vida fluye a través de El, como nunca pudo hacerlo el maná, con la única condición de la fe y el seguimiento de Jesús elegido libremente. La Eucaristía ha de tener como fruto la experiencia del amor de Jesús, que se entrega por el hombre, y su consecuencia lógica será una comunidad de hombres nuevos, esforzados en imitar este amor y esta entrega.

            Si el tema del pan de vida ha hecho coincidir dos significados: palabra y carne, es para describir a Jesús como enseñanza, conocimiento de Dios, y como Eucaristía, como sacramento de la presencia de Dios, mostrándonos las dos formas en que Dios, por medio de Jesús permanece entre nosotros, pidiéndonos que le asumamos en ambas ya que en ambas nos está comunicando la Vida que es El mismo.

            De nuevo las gentes se sienten escandalizadas, es incomprensible entregar la carne, entregar la vida; y ¿cómo va a hacerlo un hombre como los demás?
Incluso dicen muchos que el mensaje de Jesús es insoportable. Esperaban un Mesías libertador de la opresión enemiga, un rey que les diera una ley y asumiera el poder, una época de prosperidad material; el mensaje de Jesús es, efectivamente, insoportable. Por eso se van.

            Pero, por otro lado están sus discípulos más cercanos, los doce; ellos han comprendido que "Tus exigencias comunican vida definitiva", por lo tanto, permanecerán junto a El, asumiendo su obra. Pedro, que habla por todo el grupo, le asegura haber ganado ya la fe y sobre todo, saber, conocer la forma de acercarse a Jesús: Ellos aceptan la revelación de Jesús y le reconocen el "Consagra­do por Dios".

            Pero dentro de ase mismo grupo hay quien no comparte la aceptación del mensaje de Jesús, el del don de Sí mismo. Su enseñanza de amor no ha calado en Judas de quien vendrá la traición.


            III. Ideas doctrinales.

            a) La utilización de "signos" por parte del autor sirve para manifestar, para revelar la obra del Padre. Son en sí acciones significativas y simbó­licas que nos dirigen a mostrarnos y a que comprendamos la obra de Jesús y su poder para realizarla; en estos signos debemos descubrir al Padre que ha enviado a Jesús, son por lo tanto el testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios.

            b) En este capítulo, la fe hace referencia al conocimiento que de Dios
puede tener el hombre por medio de Jesús; aceptar a Jesús, asumir su mensaje, es
creer en El. La fe es la respuesta, el compromiso del hombre frente a Jesús que
revela a Dios. Es la seguridad de que unirse a Jesús y asimilar su mensaje es la
vía para alcanzar esa vida eterna que El nos promete por lo tanto exige una unión
personal con El, un seguir su misma suerte con obediencia al Padre, como así mismo nos ejemplifica. Creer en Jesús nos libera de la muerte, puesto que es el dador de vida por excelencia.

            En este capítulo, la fe nos la exige Jesús al mostrarnos sus señales para que creamos que es El realmente el enviado de Dios con poder para manifestar su gloria y esta fe crece con la unión incondicional a El.

            Al final de este capítulo, con la confesión de Pedro, el cristiano recibe el mensaje de la necesidad de fortalecer la fe puesto que el gran discípulo en la hora final le abandona por no haber comprendido la totalidad de su mensaje.

            c) La vida y el amor están íntimamente ligados, puesto que la vida es
consecuencia de la eficacia del amor, que se entrega a Sí mismo, que está siempre pendiente de la necesidad, de la debilidad del hombre. Por amor se entrega
Jesús a la muerte y de ésta surge la vida, la efusión de Espíritu es la continuación de la presencia de Jesús entre los hombres porque con su muerte no queda todo terminado.
El amor se entrega gratuitamente, nace de Dios por su propia iniciativa sin que el hombre haga merecimiento de él. Y llega al extremo de manifestarse en la misma encarnación de Jesús como medio total de la actuación salvífica de Dios. Todo el discurso del pan de Vida gira en torno a esta idea: la entrega por amor, como alimento eterno. Amor dinámico que no cesa, que halla su continuidad en la efusión del Espíritu.

            d) La Eucaristía es el gran tema del discurso del pan de Vida: con el
fundamento de la fe como exigencia, la Eucaristía representa la entrega que Jesús hace en su encarnación y en su muerte y que quedará como sacramento de unión y de alimento del que es por Sí mismo el dador de vida y revelador del Padre, cuya presencia continuará entre nosotros por la comunión con el Hijo. Si bien su manifestación primera es la Palabra, pues como tal ha venido al mundo, Jesús ha deseado quedar en medio de los hombres con esta institución sacramental que es para la comunidad la forma más pura de unión con El.


            IV. Temas bíblicos del capítulo VI.

            Fundamentalmente, el tema de Ëxodo. Jesús es presentado como un nuevo Moisés pero muy superior a él por su esencia de Hijo de Dios y dador de vida.

            Así mismo, hay una comparación evidente con el éxodo al mostrarnos a Jesús arrastrando tras de Sí a un enorme gentío. El atravesar un mar después de salir del lugar de persecución es utilizado como símbolo por el autor para sig­nificar el paso de la opresión y las tinieblas a la luz y a la vida en la aceptación de su mensaje de amor.

            El maná es otro punto fundamental puesto que se establece su comparación por un lado con el pan de vida como alimento perecedero frente al no pere­cedero; y por otro lado como representación de la Ley frente a la Palabra, que encarnada, es vivificante, no como la antigua Ley.


            Al fin, el gran tema bíblico de fondo en todo al capítulo es el de la Nueva Alianza comparada con la antigua, que con Jesús deja de tener vigencia. La Ley no es eficaz para el plan salvífico de Dios. Es la fe en Jesús y su entrega generosa lo que pone al hombre en contacto con Dios, Que como en el Antiguo Testamento, toma la iniciativa para realizar la salvación enviando a su propio Hijo, en Quien sellará su Alianza.

Mª del Carmen Feliu Aguilella.

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