ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

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sábado, 20 de junio de 2015

EL ESPIRITU SANTO VI

LOS CARISMAS (1)


I - Nociones.- 
La palabra griega “járisma”, muy rara en los textos profanos, se encuentra 17 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales 16 aparecen en S. Pablo y la otra en S. Pedro (1 Pe 4, 10). Tiene la misma raíz que “jaris”, de ahí que signifique fundamentalmente “don gratuito de Dios“.

El carisma ni es sacramento, conductor de la gracia, ni es un ministerio que lleve aneja autoridad alguna. Tampoco es una virtud moral que hace bueno a quien la posee; no se es ni mejor ni peor por tener un carisma, simplemente se está capacitado para el mismo.

Los teólogos dan del carisma la siguiente definición: “Es un don permanente o transitorio del Espíritu Santo, que se concede para la edificación del Cuerpo de Cristo según las necesidades concretas de la comunidad cristiana y la capacidad de cada individuo”.

La riqueza carismática se acentúa siempre que la Iglesia comienza una nueva época, en los momentos de crisis, de revisión de vida y de renovación. (1)



II.- Su distribución.- 
Tres veces habla S. Pablo con cierto detenimiento sobre los carismas en la Iglesia: (Efesios 4, 7 –13; Romanos 12, 3-8 y 1ª Corintios, capítulos 12, 13 y 14).

1.- En el primer caso enumera sólo carismas de magisterio  apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores y maestros o doctores; lo hace en un contexto dominado por la preocupación de conservar “la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”.

2.- En Rom 12, 3-8 el Apóstol aconseja emplear los carismas en beneficio del Cuerpo del que somos miembros, sin que nadie se deba envanecer por la gracia que le ha sido dada por Dios. Nombra profecías, ministerios, doctores, predicadores, limosneros, presidentes, y misericordiosos.

3.- En la primera Carta a los Corintios S. Pablo aborda el tema de una manera exhaustiva. Lo hace para salir al paso del doble error del valor de los carismas en función de su espectacularidad y de formar banderías de simpatizantes en torno a los poseedores de uno y otro. Ambas cosas estaban haciendo estragos en la comunidad de Corinto.
Comienza el Apóstol presentando los carismas como obra común a las Tres Personas de la Santísima Trinidad (1 Cor 12 , 4-6). Sin embargo, no puede ser más explícito en la atribución de los carismas al Espíritu Santo por APROPIACIÓN, dado que todos los fenómenos carismáticos son manifestación del mismo Espíritu (1 Cor 12, 7-11).

Con una gracia o con otra, todos los carismáticos deben saberse miembros del mismo Cuerpo de Cristo, al que han sido incorporados por el Espíritu en el Bautismo. (1 Cor 12, 12 s)

Como en el cuerpo humano hay miembros distintos, pero todos se necesitan los unos a los otros, ocurre igual en la Iglesia. Tiene que haber distintos carismas, pero todos son útiles para el conjunto (1 Cor 12, 27-30).

Ante el peligro de que los carismas dividan a los miembros de la comunidad entre partidarios de unos carismáticos o de otros, según las preferencias de cada cual, el Apóstol afirma tajantemente que por encima de todos los carismas está la caridad, esa “caridad que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado“ (Rom 5, 5 ). El verdadero criterio de valoración tiene que ser su utilidad para la edificación de la Iglesia. (1 Cor 12,7). (2)

III .- Los carismas se deben recibir con gratitud.- 
Es natural que los carismas se reciban con agradecimiento. A la palabra gracia como sinónima de don gratuito, corresponde la palabra gracia como sinónima de gratitud. En el primer caso, se hace la gracia de dar lo que se da; en el segundo se dan gracias por lo que se recibió. Y los carismas son dones gratuitos. De ahí la necesidad del reconocimiento y la gratitud.(3)



IV.- Los carismas son dados en beneficio de la comunidad.- 
El carisma, teológicamente  hablando, es toda gracia o don de Dios que no tiende directa e inmediatamente a la santificación de los que lo poseen, aunque a fin de cuentas, todo lo que es don de Dios, si se recibe con agradecimiento y se emplea para bien de los demás, termina por redundar en provecho propio. Lo que se quiere decir es que los carismas son dados por Dios en beneficio de la comunidad. Así, es evidente que el don de curaciones, no es para no caer enfermo el que lo posee, sino para curar a otros. Un caso palmario de sólo utilidad ajena es, por ejemplo, el poder de perdonar pecados: en un accidente colectivo, el sacerdote eventualmente presente puede absolver a todos los implicados, pero no puede absolverse a sí mismo.

El Espíritu Santo mueve a los poseedores de carismas para que los empleen en la edificación del Cuerpo de Cristo. Así lo ha hecho – y ha sido secundado por numerosos hombres y mujeres – a lo largo de la Historia de la Iglesia.

Pongamos algunos ejemplos :
1.- Para la atención a los enfermos ha suscitado entre otros, a S. Vicente de Paúl, a S. Camilo de Lelis y a Sta. Soledad Torres Acosta.
        2.- Para la instrucción cristiana de niños y jóvenes, el Espíritu Santo concedió este carisma a S. José de Calasanz, a S. Juan Bautista de la Salle y a S. Juan Bosco.
3.- Para la investigación teológica, por ejemplo, inspiró a Sto. Domingo de Guzmán la Orden de Predicadores.
4.- Para redimir a los cautivos, motivó para ello a los fundadores de los Mercedarios.
5.- Cuando la Iglesia se aferraba en demasía a los bienes materiales, el Espíritu Santo suscitó a San Francisco de Asís y otros (4)


Por Francisco Pellicer Valero

            Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella



miércoles, 10 de junio de 2015

EL ESPIRITU SANTO V

EL ESPÍRITU SANTO EN LOS “HECHOS DE LOS APÓSTOLES”




I.- El día de Pentecostés.-
En cumplimiento de la promesa de Cristo (Hch 1, 4 s.), el Espíritu Santo desciende sobre los Apóstoles (Hch  c. 2), iluminando sus mentes y fortaleciendo sus voluntades con los dones de sabiduría y fortaleza, capacitándoles para el ministerio apostólico que comienzan acto seguido. La “oración extática” manifiesta la transformación interior que se había obrado en ellos y el “fuego del Espíritu”, que quema sus prejuicios sobre un reino terreno, les hace comprender las cosas de Dios y la naturaleza de su Reino. Y los transforma de humildes y tímidos pescadores en valerosos e intrépidos predicadores del Evangelio. Por medio del “milagro de la audición” –una lengua entendida por los oyentes de diversas naciones- el Espíritu Santo ponía de manifiesto dos notas de la Iglesia: su unidad y su universalidad.




II.- En casa de Cornelio.- (Hch cc. 10-11).
El Evangelio, el Reino de Cristo, estaba destinado no sólo a los judíos, sino también a los gentiles (Gen 12,3). Llegado el momento de la incorporación de éstos a la Iglesia, interviene de modo especial el Espíritu Santo. Predicando  S. Pedro en casa del centurión Cornelio, por indicación  del  mismo Espíritu, el Espíritu Santo desciende sobre los oyentes que les hace hablar en lenguas y glorificar a Dios, como a los Apóstoles el día de Pentecostés. Manifestaba con ello el Espíritu Santo a S. Pedro que debía introducir en la Iglesia a aquellos gentiles y mandó que fuesen bautizados en el nombre de Jesús. (ver Hch 11, 1-18) .

III.- En el Concilio de Jerusalén. (Hch c. 15)
Pablo y Bernabé habían predicado que para la salvación que traía Cristo bastaba la fe en su mensaje, sin tener que cumplir las prescripciones mosaicas. Pero los judíos de Jerusalén, que no  acertaban a desprenderse de ellas, predicaban que era preciso el cumplimiento de las mismas. Se  remitió la cuestión a la Iglesia Madre de Jerusalén. Pedro zanjó el problema declarando que no era precisa la circuncisión, y sólo por razones pastorales (evitar el escándalo de los judíos y favorecer la armonía entre judíos y gentiles), se pidió a éstos el cumplimiento de ciertas prescripciones mosaicas. En la redacción del decreto conciliar se constata: “ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros” (Hch 15, 28) . Los Apóstoles tenían clara conciencia de que ellos actuaban bajo la dirección del Espíritu Santo.




IV.- Dirigentes de la Iglesia.-
Como hemos indicado, la acción del Espíritu Santo sobre ellos comienza el día de Pentecostés. Acto seguido tiene lugar
que el Espíritu Santo le ha invadido con sus dones de sabiduría y fortaleza (Hch 2, 14-36). Aparece en la comparecencia de Pedro y Juan ante el Sanedrín que les pide cuentas de su predicación, dispuesto a condenarlos. Ante la prohibición de que sigan predicando a Jesús, Pedro “lleno del Espíritu Santo”, contesta que hay que obedecer a Dios primero que a los hombres y que ellos no pueden dejar de predicar lo que han visto y oído (Hch 4, 1-22). Lo mismo contestan en una segunda comparecencia (Hch  5, 21-32).

También los diáconos reciben y actúan bajo la acción del Espíritu Santo: de Esteban se dice que era un varón “lleno de fe y del Espíritu Santo”; lo demostró en su amplio discurso ante el Sanedrín y en su martirio (Hch 6, 5 ; 7 , 55-60). De otro diácono, Felipe, S. Lucas constata que el Espíritu Santo actúa sobre él en la conversión del etíope, ministro de la reina Candace (Hch 8 , 26- 39).

Con peculiar relieve constata el autor de “Hechos” la acción del Espíritu Santo sobre San Pablo. Acto seguido a su conversión, Ananías le impone las manos y queda lleno del Espíritu Santo (Hch 9, 17). El Espíritu Santo le escoge, juntamente con Bernabé, para el primer viaje apostólico (Hch 13, 2.4 ). Lleno del Espíritu Santo, descubre el engaño de Barjesús, mago que se oponía a la conversión del procónsul Sergio Pablo (Hch 13, 6 –12 ).

Le señala el camino que ha de seguir: pretendiendo él y sus compañeros predicar el Evangelio en la región de Asia, camino hacia Éfeso, se lo impidió el Espíritu Santo; pretendiendo entonces dirigirse a la región de Bitinia pensando seguramente en las importantes ciudades de Nicea y Nicomedia, reciben una similar prohibición del Espíritu Santo. Ante ello, se dirigen a la región de Misia  (noroeste de la actual Turquía), llegando a Tróade. La visión del joven macedonio revela el motivo de la prohibición del Espíritu Santo . Pretendía que San Pablo y sus compañeros comenzaran la predicación del Evangelio en Europa (Hch 16 , 6-10). Hacia  el final de su tercer viaje misionero, el Apóstol manifiesta que “el Espíritu Santo le testifica en cada ciudad que le aguardan prisiones y tribulaciones"“ (Hch 20, 23) . En efecto, al llegar a Jerusalén, al final del viaje, es apresado y comienza para Pablo un verdadero calvario ante la acción de los judíos que pretenden darle muerte (Hch cc. 21 – 28).

Se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo toma las riendas de la Iglesia el día mismo de Pentecostés y dirige sus pasos en los momentos cumbres. Actúa en la actividad de sus dirigentes y es un don para todos los fieles, principio de su vida cristiana.







1.- Giuseppe Ricciotti: Pentecostés. Comentario Hechos. Ed. Miracle. Barcelona, 1970, págs 81-101.
2.- Alfred Wikenhauser: El Espíritu Santo en los Hechos. Comentario Hechos de los Apóstoles.
Ed. Herder. Barcelona, 1973, págs 146-153.
3.- León-Dufour: Vocabulario Teología Bíblica. Ed. Herder. Barcelona, 1965, págs 604-606.
4.- Santiago Guijarro: El Espíritu Santo en el libro de los Hechos. El Evangelio del Espíritu. Ed. Verbo
Divino. Estella, 1998, págs, 17-25.


Por Francisco Pellicer Valero
Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella



domingo, 24 de mayo de 2015

EL ESPIRITU SANTO IV

ACTUACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE JESÚS (2)


C).- CRISTO, OBRA MAESTRA DEL ESPÍRITU SANTO:
Aunque decimos en el Credo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, la presencia del Espíritu Santo en Cristo constituye un aspecto al que no siempre se le ha prestado la debida atención. No obstante, la realidad histórica de Cristo se halla de tal manera vinculada al Espíritu Santo que la omisión de esta relación acarrea inevitablemente una seria mutilación a la figura de Cristo y vuelve difícilmente inteligibles aspectos esenciales de su actividad. Podemos afirmar que CRISTO CONSTITUYE LA OBRA MAESTRA DEL ESPÍRITU SANTO.

Consideremos tres momentos en los que el Espíritu Santo irrumpe poderosamente en Cristo, creando en cada caso una situación nueva: la concepción inaugura el momento mismo de su existencia terrena, el bautismo abre la decisiva etapa de su vida pública, y la resurrección marca un giro radical: la superación del estado de Kénosis (= anonadamiento) y el inicio de su estado glorioso.(3)




a).- LA ENCARNACIÓN.- 
El misterio de la Encarnación se nos presenta como el acontecimiento histórico en que Dios cumple su voluntad, tantas veces anunciada en el Antiguo Testamento, de irrumpir en la vida de los hombres para su salvación.
La intervención del Espíritu Santo tiene un doble significado: por una parte, hace posible la realidad misma de Cristo como Dios hecho Hombre; con ello abre a toda la humanidad un horizonte de salvación y la eleva a una sublime dignidad. El Espíritu Santo es el artífice de este misterio en el que radica el fundamento y la originalidad del Cristianismo. Pero además, se hace presente en el alma el Espíritu Santo y habita en ella de un modo permanente y pleno. Esto constituye un dato imprescindible para comprender su vida y la incidencia de su vida en nosotros.(4)

b).- EL BAUTISMO.- 
El Bautismo en el Jordán supuso una nueva efusión del Espíritu Santo sobre Jesús, en virtud de la cual su existencia tomó un rumbo nuevo: Jesús queda públicamente confirmado como Mesías y el Espíritu Santo impulsa a Jesús a la actividad pública. Según Lucas (4,1) Jesús está lleno del Espíritu Santo y es la fuerza de este Espíritu, (Lc 4, 14) la que le guía en sus decisiones. El ministerio de Jesús, bajo todos sus aspectos, lleva el sello del Espíritu, un Espíritu que nunca ha estado ausente de su vida y que ha guiado, inspirado e impulsado su actividad mesiánica.

La Redención de la humanidad se efectúa como un gesto de amor y solidaridad del propio Dios con la humanidad pecadora. Y es en la Cruz donde este gesto solidario del Hijo enviado por el Padre alcanza su más absoluta realización.

En el interior del gesto oblativo de Cristo, posibilitándolo y suscitándolo, se encuentra el Espíritu Santo, que transformó el sufrimiento en Amor redentor.(5)




c).- LA RESURRECCIÓN.- 
La última y definitiva intervención del Espíritu Santo en Cristo tuvo lugar en el acontecimiento de la Resurrección. acontecimiento que realiza el Padre con el poder del Espíritu.

La Resurrección no destruye la identidad personal de Jesús, El Resucitado no es alguien distinto del Crucificado. Y sin embargo el cambio que se ha producido en Él es profundo y radical, pues ha modificado cualitativamente las condiciones de su existencia prepascual de limitaciones y servidumbres.

Del Padre parte la iniciativa de la acción resucitadora. Pero el Espíritu es el principio inmediato, el agente ejecutor de la Resurrección, pues lo suyo es suscitar vida con la inmediatez de su presencia y de su operación personal.

En adelante vive para Dios; pero la vida de Cristo para Dios significa al mismo tiempo una vida desbordante de Dios para Él: lo ha constituido “por encima de todo principado, potestad, autoridad y dominio, y por encima de cualquier otro título que se precie de tal, no sólo en este mundo presente, sino también en el futuro“ (Ef 1, 21) .(6)



(1)   Comité Jubileo 2000:El Espíritu Santo y Cristo.El Espíritu del Señor,o.c.págs 62 s.s.
Bauer:El Espíritu de Dios y Jesucristo.Dicc.Teol.Bíblica,col.347-350
(2)   Juan Pablo II:El Espíritu Santo,autor de la Santidad de Jesús.Creo en el Espíritu Santo.O.c.pág 206
(3)   Adolfo Barrachina:Comentario Dominum et Vivificantem.Ed.Edicep.Valencia,1998,págs 132-212
(4)   Juan Pablo II:Jesús,concebido por el Espíritu Santo.Creo en Jesucristo.Ed.Palabra.Madrid,1996,págs 26-31
(5)   Ch.Schütz:El Bautismo de Jesús.Mysterium Salutis.Vol.III.Ed.Cristiandad.Madrid,1980,págs 611-620
(6)   A.Díez Macho:Realidad histórica de la Resurrección de Cristo.La Resurreción de
Jesucristo y la del hombre.Ed.Fe Católica.Madrid,1977,págs 261-282.

Por Francisco Pellicer Valero
Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella


domingo, 17 de mayo de 2015

EL ESPIRITU SANTO III

ACTUACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE JESÚS (1)





A).-VISIÓN DE CONJUNTO.- 
Veamos una breve descripción de la actuación del Espíritu Santo sobre Jesús en su conjunto :

El Espíritu Santo es el que forma el cuerpo de Jesús en las entrañas virginales de María (Mt 1,18; Lc 1,35).

Él es quien lo anuncia como el Rey tan largamente esperado, por boca de Isabel (Lc 1,41), de Zacarías, (Lc 1,67), de Simeón (Lc 2,25 s.) y de Ana (Lc 2,36 s.s.)

El Espíritu Santo es quien desciende visiblemente sobre Jesucristo en su Bautismo y da público testimonio del Salvador ante el Precursor y las gentes (Mt  3,16 s.). Él es quien conduce al Desierto a Jesús para que, en la soledad, en la oración y en la mortificación, se prepare para la predicación (Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1).

Por Él obra el Salvador sus milagros, de tal manera que cerrar obstinadamente los oídos al testimonio de estos milagros es un pecado contra el Espíritu Santo (Lc 11,20). El Espíritu Santo le hace a Jesús estremecerse de gozo al contemplar las luces que se comunican a las almas sencillas (Lc 10,21). Si Jesucristo se ofrece por nosotros en la Cruz como Hostia cruenta, lo hace por medio del Espíritu Santo (Heb 9,14). Fue el Espíritu Santo quien resucitó a Jesús de entre los muertos (Rom 8,11) .

Si continúa la obra de la Redención del mundo por el testimonio de los Apóstoles, si funda una Iglesia que continúa su misión hasta el fin de los siglos, la forma, la conserva y la hace perpetuamente fecunda es por medio del Espíritu Santo (Hch 1,2). Así pues, el Espíritu Santo, preside desde el principio al fin, en Jesucristo, la obra de la gracia, del amor, de la restauración y de la salvación del linaje humano.(1)




B).-EL ESPÍRITU SANTO, AUTOR DE LA SANTIDAD DE JESÚS.-  
La unión de la divinidad y de la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo es lo que se llama la “unión hipostática” y es el origen de la santidad del Hijo de Dios como Hombre, como Hijo de María.

El Espíritu Santo es la Fuente de la Santidad del Hijo que nació de María (Lc 1,35). En el momento que el Verbo se hace Hombre, tiene lugar en la naturaleza asumida, una singular plenitud de santidad humana que supera la de cualquier otro santo.

Esta santidad es obra del Espíritu Santo. La unión hipostática es la obra más grande del Espíritu en la historia de la salvación. (Juan Pablo II: "Creo en el Espíritu Santo", pág 206).

Desde el primer momento de la concepción, este Hombre, que es el Hijo de Dios, recibe del Espíritu Santo una extraordinaria plenitud de santidad, en una medida correspondiente a la dignidad de la Persona divina.

Esta santificación alcanza a toda la humanidad del Hijo de Dios, a su alma y a su cuerpo, como pone de manifiesto Juan, el cual parece que quiere subrayar el aspecto corporal : “la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14).

El cuerpo humano del hijo de María participa plenamente en esta santidad con un dinamismo de crecimiento que tiene su culmen en el misterio pascual. Gracias al Espíritu Santo el cuerpo de Jesús alcanza la santidad perfecta del cuerpo resucitado (Rom 1,4).

Este cuerpo que, por obra del Espíritu Santo, pertenece desde el primer momento de la concepción a la humanidad del hijo de Dios, llegará a ser en la Eucaristía el alimento espiritual de los hombres.(2)

(Continuará)

Por Francisco Pellicer Valero
Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella

martes, 5 de mayo de 2015

EL ESPIRITU SANTO II

EL ESPÍRITU PARÁCLITO EN SAN JUAN






El único autor del Nuevo Testamento que denomina PARÁCLITO al Espíritu Santo es San Juan y los cinco pasajes en que aparece esta palabra se hallan en el discurso de Jesús en la última Cena.
Según el profesor de la universidad de Salamanca Dr. Fernández Ramos, el vocablo paráclito se deriva del verbo griego “parakelein”, que tiene dos significados: “llamar hacia sí”, del que surgen otros, como pedir la ayuda de alguien, invocar y exhortar, en el sentido de dar ánimo, consolar. En el trasfondo se halla la figura del intercesor. En el Evangelio de Juan tiene el sentido amplísimo de ayudante, asistente, sustentador, protector, abogado, procurador, y sobre todo, el de animador e iluminador en el proceso interno de la fe.(1)

EL PARÁCLITO COMO MAESTRO.- Dice Jesús a los Apóstoles que el Paráclito “hará que recordéis lo que yo os he enseñado y os lo explicará todo” (Jn 14, 26). Que el Paráclito ha de enseñar quiere decir que actuará como Maestro. También a Jesús se le llama Maestro. No obstante hay una diferencia: Jesús comunicó la Buena Noticia de su Reino con palabras humanas, mientras que el Paráclito no actúa externamente, sino en el interior de las almas, haciendo capaces de captar la doctrina de Jesús y hacerla suya.
También el Paráclito nos hará recordar la Persona y la doctrina de Jesús, no limitándose a memorizar las palabras pronunciadas por Él para que no las olviden, sino actualizándolas, porque la fidelidad a Cristo no consiste en hacer y decir lo que Él hizo y dijo: hay que ser fieles a lo esencial y permanente del Evangelio, pero teniendo la creatividad suficiente para transmitir la fe de siempre con formas nuevas, para adaptarse a la mentalidad del hombre de una determinada época histórica.(2)

EL PARÁCLITO COMO TESTIGO.- Es Jesús mismo el que envía el Espíritu Santo para que dé testimonio de Él y al mismo tiempo procurar que también sus discípulos sean testigos. Cuando hablamos de testigo suponemos un proceso.
Aplicado al Espíritu Santo dicho proceso se desarrolla en dos frentes:

a).-El proceso  interno es el de la propia Fe. El Paráclito es enviado a los discípulos para afianzarles en la Fe. Su testimonio es un testimonio de iluminación interior. Sin el testimonio del Paráclito no hubiera sido posible la Fe de los discípulos o su permanencia en ella.
b).-En cuanto al proceso externo al que ha sido sometida la comunidad cristiana por parte de los dirigentes del pueblo, el Paráclito actuará a través de los discípulos: es como la manifestación externa y la prolongación visible del testimonio del Paráclito. (Jn 15, 26-27)

El Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles y de todos aquéllos que a lo largo de los siglos serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo.(3)

EL PARÁCLITO Y EL MUNDO.- Recordemos que, con frecuencia, el mundo en San Juan, tiene un sentido negativo, peyorativo. Está dominado por Satanás y encarna la oposición radical a la misión de Jesús. (Schökel: "Notas exegéticas", pág 276)
Otra función del Paráclito es probar que el mundo judío se equivocó en su relación con Jesús:
1º. En primer lugar, es reo de pecado por negarse a creer en Jesucristo, a pesar de los numerosos signos (milagros) que  había realizado entre ellos.
2º. En segundo lugar, el Paráclito demuestra que Jesús, a quien el mundo juzgó culpable, era realmente Inocente y Justo, ya que Dios-Padre le dio la razón resucitándole.
3º. En tercer lugar, si la hora de la Pasión y Muerte de Jesús representaba el enfrentamiento con el príncipe de este mundo, la victoria de Jesús sobre la muerte supuso su victoria sobre Satanás y su condenación. (Jn 16, 8-11)
No obstante, a pesar de todo esto, puesto que Jesús no vino para condenar sino para salvar, el Paráclito no se limita a denunciar el mal, sino que trata de convencer al mundo de sus errores y orientar a todos los hombres hacia la salvación definitiva.(4)

EL PARÁCLITO Y EL ESPÍRITU SANTO.- De las afirmaciones conjuntamente consideradas sobre el Paráclito se deduce que su presentación no difiere fundamentalmente de lo que se dice en otros pasajes del Nuevo Testamento sobre el Espíritu Santo.
Sin embargo, sus coincidencias y semejanzas no nos llevan a la conclusión de una absoluta identificación entre el Paráclito y el Espíritu Santo. Algunas funciones del Espíritu Santo, como la regeneración, el nuevo nacimiento, la recreación y el perdón de los pecados, nunca son atribuidas al Paráclito. El cuarto Evangelio presenta al Paráclito como el Espíritu Santo en un papel especial, es decir, como la presencia
personal de Jesús entre los cristianos mientras el Hijo está con el Padre. Este papel especial es  el  que  ha obligado a San Juan a darle un título nuevo, que no lo distancia del Espíritu Santo, pero que intenta especificarlo de una manera más precisa.(5)





SEMEJANZAS ENTRE EL PARÁCLITO Y JESÚS.- Podemos encontrar, según el profesor Fernández Ramos, las siguientes semejanzas:
1º. El Paráclito es enviado por el Padre o, lo que es igual, procede de Él (Jn 14,16; 15,26). El mismo Jesús se presenta como el enviado del Padre (Jn 5 , 30; 8, 16-17) o lo que es igual, ha salido de Dios (Jn 8 ,42; 13, 3)
2º. El Paráclito no es visible al mundo, sino sólo a los creyentes, (Jn 14,17). Jesús no es visible al mundo sino a los creyentes en Él en cuanto Revelador (Jn 1,10.12; 8,14.19; 17,8).
3º. El Paráclito enseña y guía a la verdad (Jn 14,26; 16,13). Jesús enseña y guía a la verdad (Jn 7, 16-17; 8, 32.40 s.s.)
4º. El Paráclito no habla por sí ni por cuenta propia (Jn  16,13); Jesús no habla por su cuenta, sino que ha cumplido el encargo del Padre (Jn 7, 16-17; 14, 31).
5º. El Paráclito da testimonio de Jesús frente al mundo al que convence de su error (Jn 15,26 ; 16,8). Jesús da testimonio de sí mismo (Jn 8,14) y convence al mundo de pecado (Jn 3,20 ; 7,7).
De esta simple comparación se deduce que el Paráclito es una figura paralela a Jesús. Una especie de “alter ego” en relación con Jesús, y ésta es la peculiaridad joánica. Precisamente por eso no había Espíritu Paráclito  (Jn 7, 39), no podía haberlo antes de la glorificación de Jesús. El Paráclito necesariamente tiene que ser posterior a Jesús, puesto que es un modo de presencia de Jesús mientras éste se halla ausente (6)



(1)       Felipe Fernández Ramos:El Espíritu Paráclito en San Juan (Conferencia).
(2)       Raymond Brown: El Paráclito como Maestro.Ev.Jn.Ed. Cristiandad.Madrid,1979.Vol.II,págs 903-904;976-979.
De la Potterie: La enseñanza del Paráclito. Ed.Sígueme Salamanca 1967,págs 93-97.
(3)       Durrwell:El Espíritu,testigo de Jesús.El Espíritu Santo en la Iglesia.Ed.Sígueme.Salamanca,1990, pág 77.
Catequesis Diócesis Valencia:El Espíritu de la Verdad da testimonio de Jesús.Valencia 1998,pág 37.
(4)       I.de la Potterie:El Paráclito y el Mundo.La vida según el Espíritu.Ed. Sígueme.Salamanca,1967,págs 90-92.
Muñoz Iglesias:El Espíritu y el mundo.El Espíritu Santo.o.c.págs 189-193.
(5)       Felipe Fernández Ramos:El Paráclito y el Espíritu Santo.El Espíritu Paráclito en San Juan.
(6)       Congar:Relaciones estrechas del Paráclito con Jesús,o.c.págs 83-85.





Por Francisco Pellicer Valero


Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella

domingo, 26 de abril de 2015

EL ESPIRITU SANTO I

LOS SÍMBOLOS DEL ESPÍRITU SANTO




INTRODUCCIÓN.- Los símbolos del Espíritu Santo en su conjunto hablan de Él como  de quien da la vida y la sostiene permanentemente con su presencia vivificante. Forman en su totalidad una catequesis simbólica que permite realizar un proceso de acercamiento de nuestra Fe en la tercera persona de la Santísima Trinidad y conocer algo del infinito amor que Dios tiene a toda la humanidad y que se manifiesta en su Espíritu . Globalmente, los símbolos bíblicos identifican el Espíritu con realidades naturales y humanas que configuran la existencia entera.(1)

Indiquemos algo de los que nos parecen importantes:

EL VIENTO.- Esta palabra es uno de los significados del vocablo hebreo “rúah”  (“pneuma” en griego) y se ha utilizado para representar al Espíritu Santo por sus semejanzas: es invisible, poderoso, es impulso, movimiento, fuerza. Además es imprevisible, sopla donde quiere y no se sabe de dónde viene ni a dónde va (ver Jn 3, 8). El símbolo “viento” también parece expresar de un modo particular aquel dinamismo sobrenatural por medio del cual Dios mismo se acerca a los hombres para transformarlos interiormente, para santificarlos. También el término “rúah” es traducido por “aliento” y “soplo”. Es el “aliento” divino el que saca del caos el orden de la creación (Gen 1,2) y es el “soplo” en su nariz quien convierte al hombre de barro en un ser vivo (Gen 2,7).(2)

EL AGUA.- Las profecías del Antiguo Testamento utilizan el agua para referirse a la nueva era que había de instaurar el Mesías. En general, el agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres (Is 41,18; Zac 14,8). También el agua es símbolo de purificación (Ez 36, 25). La sed de agua se presenta asimismo como semejante a la sed de Dios (Sal 42,2-3). En Isaías el agua es símbolo del Espíritu de Dios, capaz de transformar el desierto en vergel floreciente y al pueblo infiel en verdadero Israel (Is 44, 3s.). En el diálogo de Jesús con la Samaritana, sin nombrar al Espíritu Santo, el Maestro le habla de beber “un agua viva” que Él le dará y se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar la vida eterna (Jn 4, 13-14). También la Iglesia se vale del Bautismo para hacer nacer a la vida sobrenatural y conseguir la salvación (Mc 16,1).(3)




LA UNCIÓN.- En Israel se atestigua la relación entre la unción de los reyes y el Espíritu Santo concebida como fuerza sobrehumana, celeste.
Cuando Samuel unge a Saúl le anuncia que vendrá sobre él, el Espíritu de Dios y se convertirá en otro hombre (1 de Sam 10, 1) y al ungir a David “el Espíritu del Señor le invadió” (Sam 16 , 13).
En su intervención en la sinagoga de Nazaret, Jesús se aplica a sí mismo el siguiente texto de Isaías: “El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí; por cuanto me ha ungido Yahvé” (Is 61,1-2;Lc 4,18). Este texto se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a la que eligió y envió. Jesús nos dice que este elegido de Dios es Él mismo, el Mesías; y la plenitud de la fuerza conferida a Él es su propiedad de Mesías, es decir, Ungido del Señor: Cristo. La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que le acogen en la fe y en el amor. Esta participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la liturgia de la Iglesia, especialmente en el bautismo y la confirmación.(4)

EL FUEGO.- El fuego aparece en las teofanías del Antiguo Testamento y simboliza la presencia de Dios: Moisés vio una zarza que ardía sin consumirse (Ex 3, 1-2); en el desierto una columna de fuego guiaba al pueblo de Israel de noche (Ex 13, 22); el Señor bajó del Sinaí en medio del fuego (Ex 19, 18).

Por otra parte la Sagrada Escritura afirma que Dios es como “un fuego devorador“ (Ex 24,17; Dt 4,24). El fuego simboliza también la energía transformadora de las obras del Espíritu. El mismo Jesús dijo de sí mismo: “he venido a traer el fuego a la tierra y cómo deseo que arda“ (Lc 12, 49). En este caso se trata del fuego del amor de Dios, de aquel amor que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo“ (Rom 5,5).
El Bautismo “en Espíritu y fuego” (Mt 3,11) indica el poder purificador del Fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.
Las “lenguas como de fuego“ (Hch 2, 3) que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los Apóstoles, significaban que el Espíritu Santo traía el don de la participación en el amor salvífico de Dios (5)

LA NUBE.- La protección de Dios sobre su pueblo en la epopeya del desierto está simbolizada en la nube oscura de día y luminosa por la noche (Ex 13, 21-22).  La  presencia  de  las  nubes  es  constante  en   los pactos con Noé (Gen 14, 16), con Abraham  (Gen 15, 17) y con Moisés  (Ex 19, 16-19). Asimismo, en la consagración del primer Templo (1 Re 8, 10-11), como  manifestación de la gloria de Dios, que interviene precisamente como Señor del cosmos y de la historia.
En los relatos aludidos destaca un doble motivo: la nube patentiza la proximidad de Dios por una parte y, por otra, su misma naturaleza de velo, evidencia la trascendencia divina inaccesible al hombre si es que Dios no se le acerca.
Jesús mismo ha hecho alusiones a la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo, aludiendo a la profecía de Daniel (Mt 24, 30;  Dan 7,13).
En la Transfiguración aparece sobre


los discípulos videntes una nube que los cubre con su sombra (Lc 9,34).
La nube encierra la existencia terrena de Jesús cuando entra con la Ascensión en la gloria de Dios (Hch 1, 9).(6)
Finalmente, el vidente del Apocalipsis contempla una figura humana “sentada sobre una nube blanca “ (Ap 14, 14). El P. Schökel se pregunta si esa figura humana se referirá a Jesucristo.( Biblia del peregrino pág 2112 )



LA PALOMA.- Este símbolo, dice el Papa, es más apto que el del viento para indicar la Persona del Espíritu Santo, porque la paloma es un ser vivo, mientras que el viento es sólo un fenómeno natural.
La paloma, muy extendida en Palestina, es el ave más mencionada en la Biblia  (León-Dufour. "Dicc. N. T." Pág. 338). En el Antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé, habiendo llevado a aquel patriarca el anuncio del término del diluvio (Gen 8, 9-12). En la legislación bíblica, la paloma y la tórtola eran las únicas aves permitidas en los sacrificios. En el Cantar de los Cantares “mi paloma“ equivale a “mi amada“, “mi predilecta” (Díez Macho, o.c. col. 829).
Jesús recomienda a los apóstoles la sencillez de la paloma (Mt 10, 16), que ya el profeta Oseas la había calificado de ingenua y sin malicia (Os 7,11).
Los evangelistas dicen que se abrieron los cielos en el Bautismo de Jesús y se vio al “Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él” (Mt 3, 16; Mc 1, 10; Lc 3, 21-22; Jn 1, 32). Por la importancia de este momento en la vida de Jesús, que recibe de modo visible “la investidura mesiánica“, el símbolo de la paloma se consolidó en las imágenes artísticas y en la misma representación imaginativa del misterio del Espíritu Santo, de su acción y de su Persona.(7)




(1) Juan Antonio Reig: El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida. Obispado de Segorbe-Castellón. 1997, pág 1
(2) Ives Congar: El soplo de Dios en nuestras vidas personales. El Espíritu Santo. Ed.Herder. Barcelona, 1991 pág 32 s.s.
Alonso Schökel: El Espíritu como viento. Al Aire del Espiritu. Ed.Sal Terrae.Santander,1998.-págs 102-104
(3) Rovira Belloso: Tratado de Dios Uno y Trino. Ed. Secretariado Trinitario. Salamanca, 1993, pág 103
O. Bocher: Diccionario Teológico del N.T. Ed. Sigueme. Salamanca, 1980 vol. I, págs 67-73
(4) León-Dufour: Vocabulario Teología Bíblica.Ed. Herder. Barcelona, 1967, págs 809-812
Juan Pablo II: Creo en el Espíritu Santo. Ed. Palabra. Madrid, 1996, págs 277-278
(5) C.E.C.,  o.c. pág 167; Juan Pablo II, o.c. págs 275-276
(6) Claudio Gancho: Enciclopedia de la Biblia. Ed. Garriga. Barcelona, 1963, Vol.V, col. 550-552
León-Dufour: Vocabulario, o.c. págs 524-526
(7) Juan Pablo II, o.c. pág 275; Rovira Belloso, o.c. págs 502-503


Por Francisco Pellicer Valero

Fotografía: Mª del Carmen Feliu Aguilella


jueves, 16 de abril de 2015

ALGUNAS NOTAS SOBRE LOS SARCÓFAGOS PALEOCRISTIANOS

ALGUNAS NOTAS SOBRE LOS SARCÓFAGOS PALEOCRISTIANOS


Sarcófago paleocristiano, iglesia San Juan Bautista. Castiliscar. (Zaragoza).


Manuel Fernández Espinosa

Para entender los sarcófagos paleocristianos tenemos que saber de antemano que la cremación de los cadáveres era algo que repugnaba a los primitivos cristianos. Esto lo compartían los cristianos de la antigüedad con culturas como la egipcia, la fenicia, la cartaginesa, la babilónica, la persa y, huelga decir, la judía. Los griegos y los romanos incorporaron tardíamente la incineración. El hecho es que los cristianos rechazaban, por la esperanza de la resurrección, quemar sus cadáveres. Por eso crearon cementerios (etimológicamente "dormitorios") para depositar los restos de sus difuntos. Las profundas creencias que estaban detrás de esta costumbre se inspiraban como no podía ser menos en pasajes del Antiguo Testamento como del Nuevo. Los métodos de inhumación podían ser diversos, según los recursos de quien enterraba, pero tanto los cristianos como los no-cristianos que escamoteaban la incineración, si tenían posibles, preferían el sarcófago. La palabra "sarcófago", etimológicamente, quiere decir "el que devora la carne" y esto era algo más que una metáfora. Plinio el Viejo, en su "Historia natural de las piedras" ya dejó escrito que existía un tipo de piedra porosa a la que se le atribuía la cualidad de consumir en cuarenta días el cadáver que se depositara en el recipiente labrado para tal fin, dejando tan solo los dientes. Estos sepulcros estaban asociados, por lo tanto, a lo que se reputaba una activa disolución de la carne y eran muy demandados. El material del que estaban hechos se prestaba a esculpirlos y los paganos lo hacían con relieves que representaban escenas mitológicas relativas a la muerte: el rapto de Perséfone, la caída de Faetón, etcétera. Los cristianos, en cambio, mientras sufrieron la persecución, se veían constreñidos a ocultar la fe, encubriéndola bajo algunos motivos crípticos o jugando con escenas que, procediendo del mundo pagano, tenían para el cristiano otro significado: Odiseo atado al mástil de su barco, p. ej., fue una de las que adoptaron los cristianos. En ella, el palo al que Ulises estaba amarrado se interpretaba como figura de la Cruz y Ulises correspondía al difunto que se había librado de los cánticos de las sirenas.

Con la libertad que Constantino el Grande concedió al cristianismo, los cristianos van a gozar de la posibilidad de historiar esculturalmente sus sarcófagos que ahora no serán necesariamente fabricados en la piedra a la que se le atribuía la capacidad de consumir la carne, sino que será empleado el mármol, el pórfido u otro cualquier otro tipo de material apropiado. A la belleza de algunos de los relieves labrados hay que unirle la riqueza simbólica que plasman. Voy a ofrecer sucintamente un comentario de los elementos que más proliferan y del sentido de algunas de las escenas que se representan en estos sarcófagos paleocristianos que constituyen uno de los temas más apasionantes del cristianismo primitivo.

Basílica sepulcral de San Vicente Mártir (Foto Mª del Carmen Feliu)


En los sarcófagos más simples era frecuente decorar la superficie exterior con las "estrígiles" (estrías curvas) que también empleaban los paganos para exornar el visto frontal de sus sepulcros. El elemento puede considerarse a ojos profanos como un simple motivo decorativo, pero está cargado de significado. Las "estrígiles" eran unas rascaderas en forma curva que se empleaban para limpiarse el aceite con el que se lavaban el cuerpo los etruscos, los romanos y los griegos. Los atletas, al final de los juegos, también empleaban las “estrígiles” en el ritual de limpiarse el cuerpo tras haber competido. La "estrígile" era, por lo tanto, un objeto relacionado con la higiene de los baños y con las competiciones atléticas y, por ello mismo, es que son símbolo de la juventud; pero también podríamos asociarlo con el fin de algo (la vida terrena) que (como al término de un baño de aceite o tras las duras pruebas deportivas) cumple ritualmente retirar todo lo que sobra, como era sobrante el polvo adherido o el óleo en que se había embadurnado el cuerpo; y, de esta forma, ser recibido en la otra vida. Aquí es forzoso recordar aquel texto paulino que nos recuerda que: "Los atletas se privan de todo; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita" (1 Co 9, 25).

Además de las estrígiles, los sarcófagos paleocristianos se enriquecieron, como más arriba hemos dicho, con esculturas en relieve que representan escenas extraídas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Las escenas veterotestamentarias que más se acostumbraban a labrar eran las que contienen un sentido de pasaje, muy vinculado a la fe en la existencia en el más allá y en la resurrección: así Jonás y la ballena, Daniel en el foso con los leones, San Elías arrebatado al cielo o Moisés descalzádose, etcétera. Cuando las escenas son del Nuevo Testamento, se prefieren los milagros de Jesucristo: la resurrección de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naim, pero también hay abundan en nuestros sarcófagos paleocristianos escenas de claro significado de “pasaje”, como son el bautismo de Jesucristo en el Jordán o la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén: misterios que nos remiten al pasaje, al paso, al tránsito de un estado a otro. Jesucristo aparece muchas veces como joven e imberbe. También merece la pena decir que a Cristo se le representa en ocasiones con la "virga thaumaturga" (la vara taumatúrgica) que, según tradición del primitivo cristianismo, era la vara con la que Cristo hacía milagros sobre objetos inanimados, incluidos los cadáveres humanos, mientras que los demás milagros de que nos hablan los Evangelios, obrados por Jesucristo a ciegos y demás seres humanos vivos, los hacía por la imposición de manos (Jeirothesía).

Tucci (Martos, Jaén)

En los sarcófagos paleocristianos podemos encontrar plasmada en piedra la fe de nuestros ancestros que, tras más de dos mil años es la misma que nosotros confesamos; pero también podemos ir a ellos para descubrir la riqueza simbólica que presentan y más todavía hoy, cuando casi ha desaparecido el conocimiento de los símbolos y más necesario es para nosotros conservar la tradición santa.