ASOCIACION BIBLICA SAN PABLO

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sábado, 24 de octubre de 2015

HECHOS DE LOS APOSTOLES (I)

HECHOS DE LOS APOSTOLES (I)

           



            El libro de los Hechos de los Apóstoles reviste una importancia clave para el conocimiento de los primeros pasos de la Iglesia primitiva, si bien es cierto que conviene hacer algunas matizaciones para una mejor orientación.

El autor

            El evangelista Lucas es el autor del tercer Evangelio también conocido como el evangelio “de la infancia de Cristo” y del libro de los Hechos de los Apóstoles y, por su condición de médico, plasma en sus escritos un estilo hermoso y brillante, una prudencia en el lenguaje y un humanismo dulce y profundo a la hora de tratar los temas. Su origen gentil -nació al parecer en Antioquía- le dan un cosmopolitismo y familiaridad con el mundo pagano del imperio romano y una mirada serena sobre todo lo que toca.
Su capacidad de observación y su sentido de la prudencia (hijas de su ciencia curativa) le hacen asegurarse de antemano antes de coger el cálamo y poner por escrito tanto el Evangelio de Jesús como los Hechos de los Apóstoles.
            Los dos libros los dedica a un cierto Teófilo de quien sólo se conoce el nombre y se supone se tratase de personaje de cierta importancia, creyente por supuesto, e interesado indudablemente en los acontecimientos evangélicos y en la iglesia naciente.
            Añadir que la autoría de Lucas está señalada en el Fragmento de Muratori, hallado en la biblioteca ambrosiana de Milán, y testimoniada por San Ireneo, además de la opinión prácticamente unánime de los especialistas.

 

Los prólogos


            Llama la atención el prólogo de ambos libros.
            El del evangelio dice así: “Puesto que muchos han intentado componer un relato de los acontecimientos cumplidos entre nosotros, según nos han transmitido los que, desde el principio fueron testigos oculares, convertidos después en ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de informar exactamente de todo desde los orígenes, escribirte ordenadamente, óptimo Teófilo, para que conozcas la firmeza de las enseñanzas que tú has recibido de viva voz.”
            Aunque los “testigos oculares” y “ministros de la palabra” se refieren a los apóstoles, no es menos cierto que dichas expresiones se refieren también a otros testigos y propagadores del mensaje, pues los creyentes de la iglesia naciente fueron los auténticos propagadores del cristianismo en cuanto que, al producirse diversas emigraciones como consecuencia de las primeras persecuciones en la propia Judea, llevaron a Samaría, Galilea, Tiro, Sidón, Antioquía y muchas ciudades el fermento de la nueva fe creando el clima adecuado para los posteriores viajes apostólicos de Pablo y de los restantes apóstoles.
            El prólogo del libro de los Hechos, también dirigido a Teófilo, viene a enlazar con el evangelio y le manifiesta al destinatario cuál fue el contenido del evangelio, aludiendo a las últimas apariciones de Cristo resucitado cuando dice: “...a los cuales, después de su pasión, se presentó vivo, con muchas pruebas evidentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.” Y, en seguida, entra en materia contando cómo estaba la iglesia de Jerusalén y la ascensión de Cristo.

Título engañoso


            El libro de los Hechos no describe los hechos de TODOS los apóstoles por lo que el título no se corresponde plenamente con el contenido del libro. En realidad cuenta los hechos de los dos apóstoles principales, Pedro y Pablo, y de algún otro. Y, además y a partir del capítulo 9, se centra casi exclusivamente en la figura de san Pablo.

Estructura del libro


            En alguna medida el libro viene a ser un desarrollo de Hech 1, 8: “...seréis mis testigos en Jerusalén, en Samaría y hasta los confines de la tierra”.
            A partir de esta afirmación de Jesús, podemos distinguir varias partes:
- La predicación y expansión del evangelio en Jerusalén con todo el cortejo, brevemente descrito, que abarca desde la ascensión del Señor hasta la emigración a consecuencia de las persecuciones de Herodes, pasando por Pentecostés, la predicación inicial de Pedro, los milagros y curaciones y los amagos de persecución por parte del Sanedrín: 1, 15-8,2.
- La propagación del evangelio por Samaría y la zona costera: 8, 4-11, 18.
            - La propagación del evangelio hasta Antioquía. 11,19-15,35.
- La expansión del evangelio por Asia Menor y las regiones del entorno del Mar Egeo, a través de los tres grandes viajes de Pablo: 11, 36-19,20.-
- La tomas de contacto con Roma y su populosa comunidad, en la persona de San Pablo: 19, 21-28,31.

 

Finalidad de la obra


            El libro de los Hechos no pretende armonizar las posturas judeo cristiana y étnico-cristiana, contraposición que creo superada con su carácter testimonial.
            De la misma manera no podemos considerarlo como una apología tratando de afirmar la independencia del cristianismo respecto de cualquier tipo de sospecha política. Realmente el libro está escrito con un estilo nada polémico, con profundo respeto con los países, personas y costumbres, ya que trata de presentarse de manera respetuosa y discreta, ello con independencia de los aspectos particulares y personales cuando el autor cita palabras textuales de Pablo o de otros personajes a las que nunca despoja de su espontaneidad y fuerza.
            Tampoco cabe ver en el libro una especie de defensa preventiva de san Pablo de cara a su juicio ante el tribunal del César en Roma y tampoco, y por supuesto, es una obra histórica, de cuyos caracteres está desprovisto; la sola lectura de cualquier página del mismo nos releva de cualquier demostración.
            Autores muy numerosos están acordes en sostener que el libro de los Hechos es varias cosas:


* Una tentativa de defensa del cristianismo frente a la acusación judía de que era contrario al estado, presentando los hechos de los cristianos totalmente ajenos a lo político y centrados en las relaciones fraternas y desinteresadas.
            * Es fundamentalmente un libro de predicación, que narra la expansión del evangelio dentro y fuera de Palestina con dos finalidades muy claras y patentes: servir de edificación para los cristianos creyentes y también ser instrumento propagandístico entre los paganos. Y aquí se puede apreciar, aparte de estar escrito en griego, la maestría de Lucas como profundo conocedor del ambiente de las grandes ciudades del imperio romano que sabe reflejar magistralmente cuando nos describe muchas de las ciudades paganas de Grecia o de Asia Menor, sus costumbres, sus personajes e instituciones, etc..
En otro orden de cosas, los Hechos acreditan la veracidad y cumplimiento de la profecía de Jesús, cuando predice al principio del libro que serán sus testigos "... hasta los confines de la tierra". En efecto, los apóstoles son testigos indeclinables de esa verdad, con su condición de propagadores y protagonistas de esa expansión.
La visión de conjunto del libro nos presenta una panorámica que abarca todo el mundo conocido dentro del imperio romano.

* En definitiva el libro viene a ser una proclamación gozosa del cumplimiento de esas palabras proféticas.

El género literario


            En definitiva y con la lectura del libro podemos concluir que, siendo un libro con contenidos históricos, es sin embargo asistemático en cuanto que no contiene una cronología rigurosa ni referencias a fechas o efemérides como las que a veces cita San Juan en su evangelio, sino que recoge un conjunto de hechos o acontecimientos en forma un tanto incoherente pero sin que los mismos tengan el rigor de un análisis histórico ni la profundidad de una biografía analítica como hoy se acostumbra.

            Se trata de una narración misional que recoge diversos hechos destacados pero escogidos en función de unas finalidades testimoniales.

Por Erreuve

lunes, 12 de octubre de 2015

LA CAMPANA SOLIDARIA

    LA CAMPANA SOLIDARIA


    29 de Septiembre, Solemnidad de los Santos Arcángeles:
    La campana solidaria ya ha llegado a su casa en la Real Parroquia de San Miguel y San Sebastián el día de la Solemnidad de los Santos Arcángeles.
    La cesta de recogida de alimentos ha sido ya enriquecida por un acto de caridad; gracias, gracias, gracias.

    San Antonio de Padua, Sermones (I, 226)

    La palabra tiene fuerza cuando va acompañada
    de las obras

    El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen.







    3 de Octubre: 
    Siguen las muestras de caridad a los pies de los Santos Miguel y Sebastián. 

    "Tu imagen es cualquier otro hombre, y, como te provees a ti naturalmente, de igual modo debes proveerle. Amarás - dice Jesús - al prójimo como a ti mismo." Sermón del Domingo XIII después de Pentecostés...
    San Antonio de Padua



          5 de Octubre:
          Entrevista a miembros de Mestres Campaners sobre la campaña "Pondus pueri", el pan de los             pobres en NewsFM 98.7 (http://newsfm.es/)




            17 de Octubre:
            Bendición de la campana "San Antonio de Padua", recién restaurada para                    
            nuestro campanario parroquial, durante la Santa Misa de las 19'30 horas.


Vídeos de la Celebración Litúrgica:





Fotografía Mª del Carmen Feliu Aguilella

DE UN FRAILE BUENO Y HUMILDE QUE HA PARTIDO YA A LA CASA DEL PADRE

DE UN FRAILE BUENO Y HUMILDE QUE HA PARTIDO YA A LA CASA DEL PADRE

Hoy, como homenaje a este buen fraile que ha marcado la vida de muchos de nuestros conciudadanos, que ha sido uno de los mejores y mayores ejemplos de entrega al prójimo, teniendo como guía el Evangelio, reproducimos la entrevista que hace unos meses realizó Manolo Guallart; su coloquio íntimo, a los pies del Crucifijo que Fray Conrado tenía como referente junto a su rosario, nos dará una visión de una vida entregada hasta el extremo: el Amor incondicional.
Gracias Fray Conrado por la enseñanza y la herencia que nos deja su caridad y su humildad.

Su lema ha sido siempre: "Manos que no dais, ¿qué espérais?" Una invitación a ser y a dar:

FRAY CONRADO: CON VOCACIÓN DE AMOR AL HERMANO



Es una fría tarde de otoño en Valencia. A pocos metros del convento de San José (c/ Cirilo Amorós, 67) cruzo un nuevo paso de peatones con la mente en Fray Conrado. Son muchos años visitándole en la portería de su casa espiritual, pero esta vez quiero hacerle una entrevista íntima, de amigo a amigo, para poder contar la experiencia de este humilde fraile con sus propias palabras.


Me recibe como siempre con la sonrisa en su rostro, como un padre y un hermano a la vez, con los brazos abiertos para fundirse conmigo en un gran abrazo. Tomo la iniciativa y ahí comienza una conversación muy personal que generosamente acepta sea pública.



 Fray Conrado: ¿cuántos años tiene?

- tengo 88 años, del mes de abril

¿Qué recuerda de su juventud cuando se fue de casa para hacerse fraile?

- tenía poco más de veinte años. Me marché a las cuatro de la madrugada con una pequeña maleta y tardé dos horas largas en llegar al convento de l´Olleria.

¿Siempre ha sido fraile portero?

- ¡Qué va! He sido fraile cocinero, barrendedero, limpiador…y ahora soy portero.

¿Desde cuándo es su interés por los pobres?

- Desde siempre. Atiendo a las personas que llegan por aquí, pero si no vienen también he ido a buscarlos.


Sé que ha hecho muchos rosarios…

- Muchos, muchos. Hay personas a las que les gustan y se los quedan dando dinero, que luego es para los que más lo necesitan.

¿Qué hace los con Amigos de San Antonio?

- Tenemos una hora semanal (los martes) de oración juntos. También trabajamos para atender a los pobres.

Fray Conrado es conocido por los belenes con materiales reciclados que desde hace muchísimos años va haciendo durante todo el año y cada seis de diciembre expone y muchas personas compran para ayudar a esta acción solidaria permanente. 

¿Qué vale un belén hecho por usted?

- Nada, lo que quieran dar. Y con el dinero ayudamos a muchas personas. En Suramérica hemos hecho escuelas y pozos. También para los necesitados de Valencia.

Cualquier elemento inesperado sirve como base para hacer un belén. Móviles, zapatillas, máquinas de coser, piñas, barcos de juguete, raquetas de tenis, paellas…

- Sí, mira éste es con un huevo (me lo enseña). Esto es una pieza de la reparación de un ascensor que no servía y pensé: “pues haremos un belén…”

Además de religiosos capuchinos y provinciales de su orden, el cardenal Agustín García-Gasco y el arzobispo Carlos Osoro han bendecido los más de mil belenes que cada año presenta en el sótano del convento. ¿Tan importante es Fray Conrado?

- No, no, para nada. Lo importante es el amor de Dios y su piedad en mí. Eso es lo importante.

¿Puede recordarme ese lema que tanto le gusta decir sobre trabajar para los demás?

- “Manos que no dáis…qué esperáis”, claro. Es Dios en mí el que me ayuda a vivir en los demás. Siempre ha sido así…de pequeño, de joven y ahora también. Hago los belenes como los hacen los niños…
  
La conversación fluye con gran armonía. Percibo que este anciano fraile responde con facilidad a mis cuestiones; siento que habla con el corazón abierto y es tal su franqueza que tomo la decisión de hacerle preguntas más comprometidas.


Fray Conrado, ¿qué le pide a la vida?

- Dar amor a los demás, caridad. Si damos amor, damos a Dios.


¿Qué piensa cuando le dan uno de esos premios que le han llegado en esos últimos años?

- Pienso que ese premio no es mío, es de todos los Amigos de San Antonio. Esto es una obra en la que está Cristo en todo y en todos, ¿sabes?


¿Cómo va su salud?

- Pues como toca con la edad, yo no tengo problemas en eso. Hace unos días un señor me preguntó: “¿Yo qué tengo que hacer para ser feliz como tú?” Y yo le dije: acepte la realidad de la vida, con sus alegrías y con sus problemas.


Le pido disculpas para esta pregunta. Si supiera que le queda un día de vida, ¿cómo lo viviría?

- Igual, igual, igual. Todos los días estoy esperando la muerte, sabiendo que puede llegar en cualquier momento. Estoy contentísimo con lo que me ha dado la vida, yo vivo para el cielo. Cuando llegue, seguro que el Señor me llevará a buen sitio.

¿Cree que en estos 88 años ha podido cumplir con su manera de vivir esa parte del “Padrenuestro” que dice “venga a nosotros tu Reino”?

- Pues sí, porque el Reino de Cristo es hacer el bien a los demás. Y siempre que te entregas a los demás estás dando a Dios.

 
Ahora quiero que me hable de la Virgen de los Desamparados en Valencia.

- Maravillosa, Madre mía. Mi oración a la Virgen es siempre de darle gracias por todo lo que está haciendo el Señor conmigo. Voy a verla, pero también siento que la tengo aquí: vienen a pedir limosna una madre y dos chiquillos…ahí está la Virgen que viene a verme en esa persona.



Recuerdo cuando le conocí en la procesión del Corpus. Y de pronto dejó de ir. ¿Por qué?

- Pues pasó que había personas que me reconocían y llamaba la atención. Incluso un periodista llegó a decir que yo era un  santo y para mí lo importante era que un poco detrás iba el Santísimo.


¿Podría decirme dos palabras para vivir y ser feliz?

- Dando a Dios a los demás. Cuando haces una obra de caridad, lo que das es a Dios mismo.


¿Cómo le gustaría ser recordado?

- como una persona normal y nada más (agacha la cabeza y hace silencio).

No quiero terminar sin más este afortunado encuentro con Fray Conrado y para despedirme le propongo rezar juntos un "Ave María". Pero le parece poco y me sugiere que recemos el “Ángelus”, tal vez su oración preferida. Sin pensarlo, comienza con gran soltura y yo le acompaño. Momentos de profundidad espiritual que vivo a su lado aprendiendo de su gran experiencia mística. Y sigue haciendo oración en voz alta:

-“Señor, lléname de tu Vida, lléname de tu Amor. Señor, recibe toda mi vida, recibe todo mi amor.”


Un abrazo y una afectuosa despedida de Fray Conrado tienen un valor fuera de lo común. Un rato de intimidad en la portería del convento que es su hogar resulta motivador para vivir la Navidad y aún más la vida cotidiana con un sentido de la realidad que vale la pena meditar.

¿Cómo agradecerle su disponibilidad y cercanía en cada respuesta a tantas cuestiones vitales planteadas? Ése es el sentido de publicar este documento, para mí un claro testimonio de fe, esperanza y caridad.

Manolo Guallart

sábado, 12 de septiembre de 2015

NUESTRA SALVACION, OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

NUESTRA SALVACION, OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD





La voluntad salvífica universal de Dios es un dogma de fe. Escribe S. Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven...” (1 Tim 2, 4). Y el profeta Ezequiel pone en boca del Señor: “...no me complazco en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva” (Ez 33, 11). Y S. Pedro: “No quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9).

         La salvación de cada una de las personas humanas es tan importante para Dios que en esta labor intervienen las tres Personas de la Santísima Trinidad.

         En las frases del Nuevo testamento que enuncian los acontecimientos de la Redención, el sujeto gramatical es, con frecuencia asombrosa, Dios Padre. Para citar un ejemplo muy conocido, en los once primeros capítulos de la epístola a los Romanos, donde se describe la economía de la salvación, se cuentan hasta ciento cincuenta referencias al Padre, en un número doble al de las menciones de Jesucristo. No es Dios-Padre el que nace, muere y resucita; pero Él es el que decide y hace que tengan lugar todos los actos salvíficos (Glez. Gil: “Cristo el Misterio de Dios”, vol. I, pág. 184).





I.- LA INICIATIVA DEL PADRE

                   San Pablo escribe en Gal 4, 4: “Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios (Padre) a su Hijo”. La iniciativa, pues, de la Encarnación, viene de Dios-Padre. Él es “el principio sin principio, la primera Persona” de la trinidad. El Padre no procede de ninguna otra persona y, en cambio, del Padre proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Precisamente mediante la misión del Hijo, como, más tarde, mediante la del Espíritu Santo, el Padre se revela como la Persona que es origen de las otras dos, y así es fuente manantial de toda actividad y de toda vida, es decir es “PADRE”. De hecho, en toda la vida de Jesucristo, el Padre aparece como el agente principal.

                   Veamos las notas distintivas de esta iniciativa del Padre:

1.- Iniciativa libre

                   La iniciativa del Padre en cuanto Padre, puesto que se dirige al hijo y tiene por finalidad el extender su paternidad a otros hijos, es una iniciativa personal, y esto implica que es totalmente libre.

                   Uno de los pasajes en que con más énfasis se enuncia la plena libertad de Dios en toda la economía de nuestra salvación, cuyo eje es el envío de su hijo al mundo, es el comienzo de la epístola a los Efesios. Entresacaremos algunas frases: Dios-Padre “   nos ha escogido en Jesucristo... por amor, habiéndonos predestinado a ser hijos suyos..., conforme al beneplácito de su voluntad, según las riquezas de su gracia..., dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su benevolencia...” (Ef 1, 4-11). San Pablo usa los términos disponibles para expresar una decisión libre: plena advertencia y deliberación con finalidad claramente determinada, motivación y decisión madura, que no obedece a presión externa de ningún género.

2.- Iniciativa gratuita

                   La iniciativa libre del Padre es, además, completamente gratuita. Cuando estábamos esclavizados por el pecado, Dios quiso mostrar con nosotros su misericordia (Rom 11, 32) por el inmenso amor con que nos amó, quiso redimirnos y nos dio la vida con Cristo para patentizar la extraordinaria abundancia de su gracia con su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. La salvación no viene de nosotros sino de Dios (Ef 2, 4-10).

3.- Iniciativa de amor

                   El deseo de comunicarse personalmente a otro solamente puede nacer del amor. Si Dios ofrece al hombre su amistad una y otra vez mediante el envío de su Hijo, el motivo último de esta iniciativa del Padre es el amor a los hombres: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16). Este amor a los hombres no puede tener otra explicación; además se da la circunstancia en nuestro caso, de que en nosotros, a causa de nuestra mezquindad como criaturas y de nuestro pecado, no había ninguna amabilidad capaz de atraer el corazón de Dios. Infinitamente gratuito y generoso el amor de Dios hacia el hombre, al enviar a su Hijo al mundo y entregarlo a la muerte para acoger de nuevo como hijo al hombre pecador. Dios no escatimó a su Hijo, sino que por amor al mundo lo envió al mundo para salvar al mundo (Rom 8, 32).






II. EL HIJO REALIZA LA REDENCIÓN

                   Una vez indicado que la iniciativa de la salvación de los hombres dfue cosa del Padre, fue el HIJO quien nos redimió. Veamos por qué sufrió Jesucristo su pasión y muerte.
A) Solución histórica

                   Los historiadores afirman que la causa de su pasión y muerte fue debida principalmente:

                   a).- A que no cumplía las leyes que los doctores de la ley ordenaban, interpretando la ley de Moisés: Curar en sábado sin peligro de muerte; trasladar objetos en día festivo; arrancar espigas en sábado; no lavarse las manos antes de las comidas con el ritual establecido, etc..

                   b).- Porque hace afirmaciones y actos propios de Dios: afirma que existe antes que Abraham; ase considera superior a los profetas y más importantes que David y Salomón, superior al Templo y Señor del sábado. Realiza milagros, perdona pecados, afirma su impecabilidad, se atribuye el poder de juzgar a los hombres, supera la ley de Moisés, etc..
                   Es verdad que la predicación de Cristo y su forma de actuar, ocasionó el odio de sus enemigos y podemos comprender sus motivos para ello, explicando su pasión y muerte. Pero los teólogos opinan que la solución histórica es superficial.

B) Solución teológica

                   A los teólogos les resulta superficial esta solución histórica, porque el propio Señor hizo constar en su proceso civil ante el procurador romano: "No tendrías sobre mí ningún poder si no te lo hubieran dado de lo alto" (Jn 19, 11). Tampoco pudieron dañarle lo más mínimo sus enemigos en las distintas ocasiones en que lo intentaron.

a) La libertad de Cristo ante la muerte

                   Por esto, si queremos dar el primer paso firme en la búsqueda del por qué de la Pasión, tenemos que empezar afirmando la plena y absoluta libertad con que Jesús llegó a ella.
                   Cuando sus enemigos intentaron darle muerte, al mediar su vida pública, S. Juan nos da una sola razón de su fracaso: "Nadie le tocó, porque no había llegado todavía su hora" (Jn  7, 30). Por el contrario, momentos antes de que lo hicieran preso en el huerto, como simple explicación de lo que iban a contemplar, dijo Jesús a sus apóstoles: "Ha llegado la hora; el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de pecadores" (Mt 25, 45). Aun podemos recordar las impresionantes palabras que nos ha conservado S. Juan: "Yo doy mi vida por mis ovejas... Nadie tiene poder para quitármelas; soy yo quien libremente la doy" (Jn 10, 15.18).

b) La voluntad del Padre

                   Pero toda acción libre supone una motivación,. No hay libertad donde no hay una razón que explique la elección de una cosa sobre otra. Y la razón no puede ser sino una sola; porque una sola fue siempre y en todo lugar la razón última de las decisiones de Cristo: la divina voluntad de su Padre. Dice la Carta a los Hebreos: "Heme aquí que vengo, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad" (Heb 10, 9). Y en la noche del Jueves Santo, al levantarse de la Cena para marchar al encuentro de sus enemigos, dijo solemnemente a sus estupefactos discípulos: "... el príncipe de este mundo... contra mí no puede nada. Más, para que conozca el mundo que amo al Padre y que obro así como el Padre me ha ordenado, levantaos, vámonos de aquí" (Jn 14, 30.31).






c).- Doctrina de Santo Tomás

                   Podemos ahora hacernos esta pregunta: ¿Por qué quiso el Padre que su hijo muriera muerte de Cruz? Porque supuesta la Encarnación del Verbo, cualquiera de sus acciones, aun la más insignificante, era infinitamente agradable a Dios y cualquiera de ellas podía ser tenida en cuenta como propia de la humanidad por el misterio de la capitalidad sobrenatural de Cristo sobre todos los hombres. Entonces ¿por qué quiso el Padre que nuestra redención se hiciera a precio de sangre?
                   Sólo la consideración de cuanto la Pasión tiene de amor puede darnos una respuesta plenamente satisfactoria. Santo Tomás se pregunta si la muerte de Cristo era el modo más conveniente entre los varios posibles para la liberación  del genero humano. Y responde afirmativamente de esta manera: "Tanto es una cosa más acertada  para conseguir un fin propuesto cuanto más factores se combinan en ella para conseguir dicho fin. Ahora bien, el hecho de que los hombres hayamos sido liberados mediante la Pasión del señor, entraña muchos factores, que se suman a la simple liberación del pecado:

* En primer lugar, enseña a los hombres cuán enorme es el amor que Dios-Padre les tiene, que les entregó lo que ÉL más quería: su Hijo Unigénito. La Pasión fue una amorosa lección paternal de Dios, para que acertáramos a comprender siquiera algo del amor infinito de Dios. De este modo el hombre se mueve a amarle más y más.

** En segundo lugar, las virtudes que tuvo que practicar Jesús en su Pasión: la obediencia, la humildad, la constancia, la paciencia, el modo de sufrir, etc., son un modelo para nosotros y necesarias para nuestra salvación. De ahí que S. Pedro dijera que "Cristo padeció por nosotros, para dejarnos un ejemplo, cuyas lecciones debemos aprender" (1 Pe 2, 21).

*** En tercer lugar, la Pasión consigue en nosotros un mayor estímulo para apartarnos del pecado, porque nada ayuda más a eso, que la idea de que nuestra Redención costó Sangre divina, según lo expresado por S. Pablo: Habéis sido comprados a gran precio; dad, pues, gloria a Dios con vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 20).

                   De este modo quiso Dios darnos una prueba de amor que nos obligara a amarle, y quiso demostrarnos sus delicadezas de Padre inventando una divina historia tejida con locuras de amor por nosotros. Nada podía hablarnos más claramente de su enamoramiento que la manifestación de la justicia plena descargada sobre su propio Hijo bien amado, para que en ÉL pudiéramos conseguir la liberación de nuestras culpas. 

Por Francisco Pellicer Valero
Fotografía Mª del Carmen Feliu Aguilella

miércoles, 5 de agosto de 2015

JESUCRISTO ES SEÑOR PARA GLORIA DE DIOS PADRE

“LA PERSONA DE CRISTO EN LAS CARTAS DE LA CAUTIVIDAD”

JESUCRISTO ES SEÑOR


            Los tres puntos fundamentales de los himnos cristológicos de las cartas de la cautividad son: la condición divina de Cristo, su absoluta supremacía sobre lo creado y, por último, el plan de salvación que El ha sido encargado por el Padre de llevar a cabo.


            I. Cristo en Sí considerado.

            En Pablo es indiscutible la condición divina de Cristo, por lo que Este participa de la majestad, del revestimiento de gloria que le es propio. Teniendo derecho a los honores de Dios, de que gozaba antes de la Encarnación, tras ésta podría haber hecho uso de sus prerrogativas y presentarse como un gran Mesías libertador en toda su espléndida majestad. Sin embargo, fue su deseo renunciar a ella para aparecer entre nosotros despojado de sus honores durante su período de vida mortal. Esto le suponía humillarse para asemejarse al hombre, para ocupar su lugar. Asumió la naturaleza humana, sólo el pecado no era posible que le accediera. Se convierte en siervo, no en un esclavo en el sentido evidente de la palabra, sino en el hijo obediente. Llevó su supremo afán salvador más lejos aún. No sólo se contenta con su vida de hombre entre nosotros sino que en un acto de humildad y abnegación totales, acepta la más ignominiosa de las muertes, la de la cruz, en su obediencia al Padre. Esta cruz es la que forma el centro de la teología paulina y la que marcará por todos los siglos a los hombres: El reconocimiento de que el Hijo de Dios se hundió hasta nosotros y en una muerte que nosotros rechazaríamos por ultrajante. Muerte en que nos liberó del pecado que nunca a El le manchó. (Flp, 6-7 ss; Col 1, 15)

            Cristo es lo que el Antiguo Testamento llama divina sabiduría, en su condición de Verbo eterno de Dios, es por tanto “espejo de la majestad de Dios” e “imagen de la bondad de Dios”. La sabiduría divina existe ya cuando la creación del mundo, y es por su medio por quien todo es creado y así, como vemos en el Evangelio de Juan, pone su morada entre nosotros. El Verbo de Dios se presenta como la faz, el rostro visible de Dios, nos da a conocer al Padre y nos lo hace más cercano, ya que, siguiendo con Juan, quien conoce a Cristo conoce al Padre, y solamente es así por su medio. (Col 1, 15; Sab 7, 26;  Jn 14, 9)

            En Colosenses, Pablo reafirma la naturaleza divina de Cristo, en quien reside la plenitud de la divinidad, en El y solamente en El, contra la idea de los elementos del mundo participando de esa divinidad.

            Cristo está por encima de toda la creación, de todo lo mundano. Está lleno de gracia y de perfección. Aunque hay también que verlo desde la óptica de que el cosmos sea lleno de Dios, el pléroma de Dios, y así al ser puesto Cristo como cabeza del cosmos, todo ha sido recapitulado en El; en El está asumido todo lo creado y de esta forma reside en El la plenitud al estarle incorporado todo el cosmos o pléroma de Dios. (Col 1, 19; 2, 9)

           


            II. Respecto del Universo.

            Que Cristo es el primogénito de todo lo creado no debemos entenderlo como que ha sido el primer ser creado, sino más bien, dado que es pre-existente, anterior a toda criatura como vemos en el libro de Sabiduría y en Proverbios, donde ésta es presente ya cuando Dios crea el mundo, hay que entenderlo como que a Cristo está sometida toda la creación. Cristo asume la dignidad soberana, la superioridad sobre todo lo creado. (Col 1, 15)

            Cristo es causa de la creación, su principio y su justificación. Cierto que la creación es obra de Dios y que está sometida a su poder pero Dios crea en Cristo como móvil y centro armónico. Esto le sitúa como mediador del Padre creador de las criaturas ya que comparte con Dios la potestad de dar vida, vida que entrega a quien cree en El como Verbo enviado por Dios. Del mismo modo que Cristo nos dice que quien a El conoce, conoce al Padre así en la creación y por su intermedio debemos reconocer la obra del Padre. El fin último de la creación. Es en Colosenses, Cristo, el Cristo glorioso, resucitado, a quien como causa final se dirige toda la creación. (Col 1, 16 ss)

            Que en Cristo, por El y para El han sido creadas todas las cosas nos da una idea de la especial relación que mantiene con lo creado, aunque en ningún momento cabe incluirle entre las criaturas. Su función, de un lado de mediación y de otro lado de consistencia, nos otorga una nueva dimensión, un nuevo valor y una razón de ser.

            El universo entero, redimido por Cristo en un acto de suprema humillación, pero sobre todo de obediencia a Dios, le es otorgado como dominio. Cristo es exaltado sobre todo y ante El quedan sometidas las tres dimensiones cósmicas del universo: cielo, tierra y abismo. (Flp, 10 ss; Ef 1, 20 - 22; 4, 8 - 10)

            El hecho de la humillación de Cristo en la Cruz hace que su exaltación y su gloria sean aún mayores y así toda la creación sometida a El expresa en tono de confesión que el señorío de Jesús se realiza “para gloria de Dios Padre”.

            Citando a A. Brunot (Los escritos de San Pablo. EVD): “Teilhard de Chardin insistirá en la continuidad entre la obra creadora y la obra unificadora  del Verbo encarnado, prolongando esta última armoniosamente la primera, aunque manifiesta la gratuidad  del amor de Dios para con nosotros. El objetivo de la encarnación no es únicamente la redención reparadora de los desastres del pecado, sino la culminación de la creación, del universo y de la humanidad. Incluso en el orden de la redención, las potencias cósmicas están sometidas a aquel que ha reconciliado consigo el universo, lo terrestre y lo celeste, después de hacer la paz con su sangre derramada en la Cruz”.

            Ante las desviaciones iniciadas en Colosas y Efeso con el culto a las potencias angélicas, Pablo en estas dos cartas se esfuerza en recalcar que todas ellas, cualesquiera que estas sean, están sometidas a la supremacía de Cristo que, glorificado, domina sobre todo lo conocido o desconocido y así pretende el Apóstol denunciar el error de estos fieles al menoscabar el poder de Cristo sobre estos ángeles.

            También se extiende universalmente la redención. El plan de salvación, si bien se debe a la iniciativa del Padre, es realizado en y por Cristo, otorgando el Espíritu la gracia santificante. En el designio de Dios, la redención recae sobre judíos y gentiles, porque todos hemos sido predestinados para esta gracia y recibimos de El “bendiciones espirituales”. Es por Cristo por quien entramos en el plan salvífico, el mismo que por la sangre de su Cruz ha reconciliado y pacificado todas la cosas del cielo y de la tierra, y en las del cielo debemos incluir todo el cosmos, e incluso el mundo angélico.

            Los hombres renovamos nuestra alianza y a ejemplo del Antiguo Testamento, la sangre de Cristo realiza esta reconciliación. (Col 2, 10)

            En cuanto a estas potencias angélicas, desde el punto de vista de los judíos, como mediadores de la Ley regían los destinos humanos, pero Cristo en su muerte redentora anula la Ley a favor de la gracia, así las potestades deben quedar sometidas a El. (Ef 1, 21)

            Otro punto de vista explicaría que, rota la armonía de la creación, entendida ésta como una gran familia, aun sin ser acreedores a la redención, los ángeles renuevan su relación con el resto del cosmos volviendo a la primitiva armonía. (Ef 1, 5-7; Col 1)

            Del mismo modo que Cristo es primogénito  de la creación sin que esto se refiera a prioridad temporal, así el ser primogénito de entre los muertos no hemos de entenderlo como que es el primer resucitado sino como que por El hemos sido creados, también por El renacemos a la nueva vida, camino que ha sido abierto por El en la Pascua, siendo que en su Resurrección somos también nosotros sustraídos a la muerte y su Resurrección incluye por tanto la nuestra. En ella se inicia una tierra nueva, un nuevo linaje, el de los resucitados en Cristo que, reunidos con El a su cabeza asistirán en el “día de Cristo” a la culminación de la obra de santificación de Dios. (Col 1, 18; Ef 2, 10)

            Esta nueva creación nos exige un perfeccionamiento continuo, una perseverancia en nuestra conversión, en el abandono del hombre viejo en favor del hombre renovado, regenerado en el bautismo y conservado en la nueva vida en Cristo por medio de su gracia. (Flp 1, 10)





            III. Respecto de la Iglesia.

            La Iglesia primitiva tuvo que afrontar el problema judeizante consistente en que algunos doctores pretendían que los colosenses se sometieran a las prácticas judías tradicionales, a la observancia de sus fiestas. Como el novilunio, a la abstención de algunos alimentos y así mismo al culto a los ángeles. Pero todo esto, en Cristo queda superado y la Ley mosaica no constituye sino una preparación al nuevo orden de cosas que El establecerá. (Col 2, 16 ss; Ef 2, 20; Sal 117, 22)

            Sin embargo, la Iglesia ha sido constituida depositaria de la doctrina y a sus miembros se les impone más que preceptos, una nueva vida y no afectadas virtudes. Esta Iglesia es el nuevo edificio  formado tras la reconciliación de judíos y gentiles, que se mantiene unido en base a Cristo, su piedra angular, la misma que desecharon los constructores, pero que da cohesión a esta Iglesia de hombres que se ha de convertir en un nuevo templo para Dios. (Mt 21, 42; I Cor 3, 11; Hch 4, 11)

            De la Iglesia es Cabeza Cristo, idea paulina expresada con anterioridad. La cabeza como rectora de las acciones del cuerpo, donde todas las facultades y la perfección se reúnen y que al tiempo es fuente de vida que es comunicada a los miembros, a los fieles, de forma que queden unidos entre sí y con Cristo y forman una unidad inseparable. (Col 1, 18; Ef 1, 2 y passim; I Cor 11, 3)

            Esta unidad tiene como fundamento la caridad; por ella, vínculo de perfección, Pablo propone que, a imagen de Cristo, los fieles se separen de las idolatrías y los vicios de la carne, de los lastres que les atan a lo terreno y que por el conocimiento del evangelio rechazan las diferencias entre razas y condición social, para quedar unidos con la humildad y mansedumbre propias de Cristo que les supone la cohesión. (Col 3, 11, 19; Ef 4, 5, 10)

            La más importante de las diferencias se produce entre judíos y gentiles que, entre ellos significaba estar cerca o lejos de Dios. La Ley, la circuncisión, hacían del judío un ser intolerante hacia los gentiles que de otra parte llegaban al evangelio sin conocer previamente al Dios único, por tanto sin esperanza como aquellos en un Mesías, en una salvación. El mismo templo de Jerusalem marcaba con una balaustrada el lugar de los judíos (cerca de Dios) y de los gentiles (lejos de Dios). En Cristo, este muro se derriba y por El tenemos acceso libre al Padre. Su sacrificio es el que supera y anula la Ley, su sangre sello de la Nueva Alianza, que nos introduce ante Dios sin distinción alguna. (Ef 2, 13 ss; 15 - 18)

            La igualdad de todos y la unidad de la Iglesia no excluye que Cristo distribuya sus dones y su gracia en la medida que El desea y en bien de la edificación de la Iglesia.

            Esta edificación está ordenada a la unidad en la fe y en el conocimiento de Cristo. Los miembros de la Iglesia son, según estos carismas recibidos, diferenciados entre apóstoles, profetas, pastores, doctores, evangelistas... a quienes les está encomendada la labor de cuidar de Ella. (Ef 4, 11 ss)

            Por último, la Iglesia sirve a Pablo para ejemplo de los deberes conyugales. La imagen de la Iglesia como esposa de Cristo, que es su Cabeza, es modelo de cómo la mujer ha de ser sumisa ante la autoridad del marido, sumisión que no la anula sino que debe ser signo de fidelidad. El marido a imagen de Cristo debe amar a su mujer a ejemplo de Cristo que no reparó en llegar hasta la muerte y por este amor santificarla ante Sí. Esta correspondencia tiene por fin lograr la unidad entre los esposos como existe entre Cristo y su Iglesia. (Col 3, 18; Ef 5, 25 ss)

            Pablo encuentra que el matrimonio como lo conocemos por el  Génesis es una unión prefigurativa de la de Cristo con la Iglesia y este misterio ha sido desvelado en el tiempo del evangelio.

            Ahora, es la unión Cristo-Iglesia paradigma del matrimonio cristiano que adquiere una nueva dignidad.

            De aquí vienen los deberes fundamentales: el amor y la fidelidad mutuos. A lo largo del evangelio vemos las múltiples ocasiones en que Cristo nos propone amarnos como signo de que estamos unidos a El y el más grande amor es el de quien como El es capaz de dar la vida por el amado, el de la renuncia a las propias prerrogativas a favor de la felicidad del otro. Esta unión constituye vehículo de gracia y atrae la bendición de Dios.





            IV. Respecto de los cristianos.

            A partir del bautismo, ya incorporados a Cristo, Pablo nos dice que la Ley queda anulada en su muerte y se borra el pecado y la culpa que pesaba sobre el hombre. En esa cruz se halla nuestra salvación. Si la Ley prohibía el pecado también es cierto que no daba armas para combatirlo, pero Cristo toma todos nuestros delitos y los clava en la cruz anulando con su muerte nuestra sentencia. Así hemos recibido el perdón y, al contrario que en la Ley, nos otorga la gracia vivificante, nos infunde vida incluyéndonos en su resurrección y muertos que estábamos por el pecado ahora participamos de la vida de Jesús resucitado. (Col 2, 14 - 20 ss; Col 2, 12 ss, Ef 1, 7; 2, 10)

            Pablo nos recuerda en todas sus cartas que en su anuncio del evangelio recibimos la gracia y la paz que tienen origen en el Padre, que ya fue anunciada en los profetas y que por medio de Cristo tenemos acceso al Padre. Nos recuerda así el Apóstol que este es el nexo de unión de los fieles que conforman la Iglesia. (Col 3, 16; Ef 3, 17)

            Cristo y el mensaje del evangelio han de tener, por medio de la fe, cabida en nuestros corazones de forma que el cristiano se instruya en la sabiduría y actúe siempre en el nombre del Señor. La fe nos lleva a una conversión sincera, al rompimiento con nuestra vida anterior y, fundamentalmente, a su seguimiento. Cristo es el ejemplo de nuestra vida nueva y todos nosotros estamos obligados a aplicar los principios morales que devienen de ese ejemplo en cada faceta de nuestra vida. Para ello Pablo nos muestra todo el abanico de relaciones familiares, sociales, en que hemos de aplicar el modelo de Cristo. Ante los padres, los hijos deben la obediencia que el mismo prestó como Hijo y que es grata al Señor; a los padres aconseja que no sean excesivamente severos en su misión educadora para no llevar a los hijos a una ruptura. También a los siervos aconseja obediencia y sencillez como a los amos la justicia, haciendo que la esclavitud de sus siervos sea más soportable y digna. Pero todas las virtudes que nos exige en nuestras relaciones tienen por fundamento las que el mismo Cristo mostró en su vida: el amor, la caridad fueron basamento de toda su existencia y su doctrina; la humildad y la mansedumbre, así como la obediencia y la abnegación son expresiones de su amor ejemplar y han de servir de vínculo a los cristianos. Llevadas a cabo por El hasta el extremo, el Padre le exalta sobre todo, así nosotros quedamos obligados a la imitación de su vida. (Ef 4, 22 ss; Col 2, 23; 3, 20 ss; 4, 1; Col 3, 1 ss; Flp 12, 5 ss)

            Esta caridad que ha de ordenar la vida del cristiano exige el perdón mutuo, tal como “el Señor os perdonó” permitiendo así permanecer en la unidad. Con la fe y la esperanza como base, el cristiano acoge con alegría el anuncio del evangelio. (Col 3, 12 ss; Ef 6, 8)

            La confianza en el Señor, a pesar de las diversas dificultades del apostolado motiva la alegría de Pablo, quien lejos de obtener un éxito cómodo abandona los viejos valores para correr en pos de Cristo. Su alegría procede de su encuentro con el resucitado y de haber aceptado ser testigo suyo y ministro de su evangelio. Pablo, con ello, quiere que el cristiano tome conciencia de que la grandeza ha de ser rebajada, que la conversión, la humildad, la aceptación del acontecimiento de Cristo es motivo de alegría: “Como cristianos estad siempre alegres”. (Flp 3, 1; 4, 4; Ef 6, 8)

            Finalmente, Pablo no deja de recordarnos la obligación de dar gracias por todo a Dios, y hacerlo en nombre de su Hijo dado que El es el supremo mediador y, por lo tanto, dependemos en todo de El, como ocurre con los miembros que con Cristo forman una unidad y de El reciben la vida. (Col 3, 17; Ef 5, 20)




            V. Respecto de Pablo.

            Pablo, que proviene del judaísmo y se enorgullece de cumplir la Ley con el celo de un buen israelita, reacciona ante su encuentro con Cristo y su conversión a El comprendiendo que todos los valores de antaño carecen ahora de fundamento al lado del conocimiento de Cristo resucitado. Lo que era importante y de lo que se vanagloriaba lo tiene en nada frente a la fe y al seguimiento de Cristo, y a la justicia de Dios. Es tal su renuncia y su deseo de seguirle que no rehúye participar en sus sufrimientos ya que entiende que esto es necesario para participar con El de la resurrección.
            Para Pablo la vida está en Cristo y así es el motor de todas sus acciones, de su trabajo de apostolado y por el mismo motivo su muerte la justifica en su afán de unirse definitivamente a El como término, meta de su existencia. (Flp 3, 4 ss; 3, 7 ss; Flp 1, 20 - 22; Flp 1, 8)

            No importan a Pablo las cadenas puesto que el se siente libre en Cristo, pero aún más; su cautividad incluso favorece que el evangelio sea anunciado y esto lo utiliza el Apóstol para hacer hincapié en que la libertad de Cristo proviene de la superación de los preceptos de la Ley que han quedado atrás. (Flp 2, 19 - 24; Col 1, 29)

            Su esperanza se funda en Cristo, sigue sus pasos haciendo que sus intereses sean los del Maestro y así su confianza le da la fuerza necesaria para seguir luchando, a pesar de las tribulaciones, en la obra de Cristo. (Flp 1, 8)

            El amor que Pablo siente por los fieles no es el afecto natural y humano sino más bien el inspirado en la caridad y la unidad que le atan a Cristo. Por eso ha tomado el camino del apostolado sin renunciar a la lucha y la fatiga para instruir a los hombres y anunciarles el evangelio “a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo”. (Col 4, 3 ss)

            Pablo ha hecho del plan divino de salvación o “misterio de Cristo”, el objeto de su predicación y entiende que es conveniente que lo haga con libertad y osadía pero no hace depender su libertad de llevar o no cadenas, sino de la eficacia con que pregone el evangelio. Su gloria consiste, no en la Ley y sus preceptos, sino en la confianza y el servicio a Dios por medio de su Hijo. Este le ha conferido la gracia de revelarle su “misterio” y con ello, de su apostolado entre los gentiles para que les fuera anunciada la buena noticia de su participación en la esperanza mesiánica, de su unidad en el cuerpo místico de Cristo y, por último, de su participación en la salvación anunciada a Israel. (Flp 3, 3; Ef 3, 7)


            VI. Conclusiones.

            Ante las desviaciones continuadas de la humanidad respecto a Dios, el hombre no queda abandonado en la tiniebla de su existencia sino que por el contrario el Hijo, Dios por su esencia, con poder, gloria, primacía sobre todo lo creado, por amor resta todo mérito a sus prerrogativas y se encarna, convirtiéndose en un hombre cualquiera, igual en todo a nosotros menos en el pecado. Se hace totalmente hombre para compartir con nosotros una vida que estará llena de la más admirable doctrina, la de la caridad, a partir de la cual nos da todo un ejemplo de vida. Nos muestra el camino al Padre, y este camino no es sino El mismo. Su vida y su muerte son paradigma para el hombre. Seguir sus pasos renunciando a honores y a veces al pan cotidiano, anunciando el evangelio son los fines que Pablo, así mismo, sigue y que a los cristianos les motiva. Su muerte, por otro lado, que algunos creerían innecesaria con solo imitar su vida es, sin embargo precisa porque en ella queda abolida la muerte, en ella se hace desaparecer el pecado y se manifiesta el perdón y la misericordia de Dios, es la llave para ir al Padre, e incluso esa misma muerte sacrificial, como ofrenda es la que tendrá el Apóstol que habiendo imitado la vida de Cristo no renunciará tampoco a ninguno de sus sufrimientos, a su propia cruz.
           



Mª del Carmen Feliu Aguilella
Fotos: Mª del Carmen Feliu